Estudio colombiano de valores: ¿nuestra identidad?


Ayer, en las horas de la noche, en un elegante restaurante del norte de la ciudad de Bogotá, una agencia de publicidad y varias empresas de investigación hicieron entrega oficial de un estudio que seguramente dará mucho de que hablar. En principio habría que decir que el evento tuvo una fuerte connotación política, no sólo por las palabras de algunos interlocutores, como el ministro de justicia Sabas Pretelt, también por el repetitivo discurso que intentaba convencer al auditorio de que finalmente se producía un estudio que podía dar cuanta de cómo somos los colombianos. Con todo, en medio de los tragos de whiskey y comentarios light, había gente entre los asistentes que mirábamos con escepticismo lo que estábamos presenciado.

Las primeras inferencias que se pueden hacer una vez uno empieza a conocer el estudio es que es una replica de una investigación de tipo macroeconómico de escala mundial (venga uno a saber si bien o mal adecuada a una realidad tan compleja como es la colombiana). La investigación es el resultado de una metodología aplicada a Colombia derivada del Estudio Mundial de Valores, un estudio que como su nombre lo indica es a nivel mundial y que intenta revelar los cambios socioculturales y políticos de las naciones. El método utilizado es totalmente cuantitativo, lo cuál hace pensar al humanista más sensato ¿desde que punto de vista esta construido? pues su objetivo fundamental es el de examinar los valores públicos (cualquier cosa que esto signifique), el crecimiento económico, la actitud de los grupos humanos frente a la protección del medio ambiente y las relaciones entre cultura, política e instituciones democráticas.

Sería atrevido exponer críticas muy elaboradas pues apenas se ha revisado una pequeña parte del texto. Pero esto no quiere decir que no se puedan plantear algunas primeras inquietudes que asaltan al lector que se encuentra con esta pesada obra de tres tomos (NUESTRA IDENTIDAD Estudio Colombiano de Valores. Bogotá: Raddar S.A, 2006. info@raddar.net).

Primero, y permítame ir de lo superficial a lo profundo. Cómo es posible que al editor de los tres tomos de esta “monumental obra” no se le ocurriera hacer un índice. Tiene que ser un adivino el que encuentre dónde esta cada artículo del estudio. Como es posible que dentro de los participantes en el estudio no haya un antropólogo ¿no son acaso estos expertos los adecuados para dar cuenta de los temas de identidad y valores culturales?

Segundo, ¿por qué? Camilo Herrera, quien introduce el libro y el cual suponemos dirigió la investigación para Colombia –presidente de Raddar, economista y filósofo entre otras cosas– afirma lo siguiente:

A un equipo de más de 50 personas y cerca de 60 instituciones involucradas nos tomó más de 4 años llegar al fin de este camino y darnos cuenta de que lo que se escribió en “Colombia: en presencia de las republicas hispano-americanas –del Presbítero Dr. Federico C. Aguilar – aún es vigente.

Y pasa a exponer las palabras de Aguilar:

En otros países ocuparse es gozar; y el habito de trabajo da placeres que ignora
la holgazanería, pero entre nosotros divertirse es una ocupación. De allí proviene el tristísimo desengaño en que todo lo nuestro se encuentra […]; de ahí la creciente pobreza y desmoralización que nos hace buscar en las pillerías, en la mala fe, en el juego, en las estafas, en la política lo necesario para mantener los vicios que hemos contraído en la ociosidad y para vivir en la holganza y en la comodidad en la que nos hemos acostumbrado.

¿Será esta una afirmación, de Herrera parafraseando a Aguilar, sobre que el colombiano efectivamente es un holgazán? Qué podrá pensar un ciudadano común, ante semejante afirmación; un ciudadano como usted o como yo, que todos los días sale temprano de su casa para llegar en la noche cansado de su trabajo; o el campesino que debe cuidar su parcela con esmero para asegurar su subsistencia; o el pescador que debe salir todas las mañana a obtener su sustento; o la empleada del servicio domestico que debe limpiarle los calzoncillos a su patrón.

No sé si Herrera es conciente de lo que esta escribiendo, no obstante, más adelante y en un pequeño párrafo parece hacer una corta y no muy clara reflexión al respecto:

Lo curioso es que en todos estos textos –refiriéndose a la cita de Agilar – sobre cómo somos, existen tres factores comunes: el nivel cultural, la pereza al trabajo y la aversión a la cálese política. Es muy tentativo hablar sobre lo malo de nuestra forma de ser y poco sobre lo bueno, debido a nuestra naturaleza critica.

Después escribe:

Mas el colombiano es contradictorio […] por tres razones fundamentales: somos muy diversos; estamos en un fuerte proceso de cambio, y tenemos una gran brecha entre el ser, y el deber ser, decimos ser lo que queremos ser.

No sé si lo anterior asuste al lector, pero es claro que aduce a la siguiente conclusión: ser diverso hace del ser colombiano algo contradictorio. En principio esto no debe ser extraño para un texto que revela sin lugar a dudas un sesgo político de corte nacionalista y de derecha. Un texto que se ufana intentando exponer al colombiano, como si “el colombiano” fuera algo explicable y tangible que puede ser descrito a través de características comunes. Como si “el colombiano” pudiera ser un saco en el cual se pueden meter unos valores y otros no.

¿Qué es ser colombiano? ¿Es esta una pregunta posible de responder? No es acaso atrevido decir que este estudio si responde a lo que significa ser colombiano, argumentando, por ejemplo, que una de cada dos personas, dentro de una muestra de mil y pico encuestados, dice ser feliz. Si esto fuera así y todo fuera explicable a través de supuestos estadísticos y lógicos, entonces lo que Herrera realmente estaría diciéndonos es que de esos uno de cada dos colombianos (según los resultados que arroja el estudio) que dicen que son felices lo dicen porque quieren ser felices pero en realidad no lo son, pues anteriormente Herrera ha dicho que los colombianos “decimos que somos lo que queremos ser” y “que existe una brecha entre el ser y el deber ser”.

Para liquidar este asunto. La introducción de Herrera no cumple con su objetivo, no sabemos si es culpa del autor, del afán o que no pudo encontrar la respuesta en Internet. Lo que sí es cierto es que los libros muestran a la vista que están mal editados y que la introducción que debe ser una puerta amable termina siendo antipática al no poder explicar la razón de ser de una investigación de este tipo para el caso de Colombia. Al parecer esta levedad es importante para sorprender con uno que otro dato estadístico quetiene más valor argumentativo que la reflexión que merece un estudio donde se plantea la pregunta sobre la identidad de una nación. Sospecho que este facilismo en las explicaciones y los conceptos es una actitud frecuente por parte de quienes elaboran las políticas públicas, sustentadas en este tipo de estudios. Por eso no me extraña que Herrera advierta al lector en la introducción del libro, que puede “resultar para algunos un texto tedioso de leer”. El presentador peca siendo honesto, pues ¿quién pude leer un texto que es presentado bajo un despropósito como este?

Inesperadas clases de portugués

El periódico El Tiempo piensa en todos sus lectores, en especial en los que leen en portugués. Es tal vez por esta razón que Camilo Umaña afirma que los periódicos en Colombia se hacen pero no se escriben.

En busca del absurdo

Es la adolescencia el momento propicio y radical para buscar un icono de la música popular con el cual expresar los dilemas existenciales propios de esa etapa de la vida: de la que tanto nos avergonzamos, y de la cual algunos adultos no logramos escapar. A los 17 años se hacia un esfuerzo monumental para saber quien era uno. Eso significaba iniciar empresas que hoy parecerían ridículas, como revisar el acervo musical de nuestros progenitores. Estos proyectos intelectuales (por qué no decirlo), podían conducirnos a sorpresas y confusiones cuando nos encontrábamos con un casete titulado “música de protesta” que en realidad contenía un mosaico de canciones que iniciaba con Michael Jakcson, pasaba por Mercedes Sosa y culminaba con Noel Petro (mejor conocido como el Burro Mocho). Esta inconsistencia entre géneros, conceptos y tendencias fueron los acicates para iniciar un distanciamiento generacional en busca de la propia coherencia. No obstante, la búsqueda de la sensatez podía ser un camino tortuoso hacia la total incongruencia. Eso nos sucedió a quienes creímos haber encontrado en Frank Zappa a un icono de los sesenta y setenta que podía revelar con mayor claridad los sentimientos que queríamos expresar en los noventas. El descubrimiento del absurdo, para algunos, fue quizás el más significativo hallazgo de la adolescencia que, finalmente hoy convertidos en adultos, nos acercó con la generación que nos precedió.

Broken Hearts Are For Hassholes, Dancin’Fool y Yo’ Mama son algunas de los temas de Sheik Yerbouti , un disco que desconcierta al más insolente por su sarcasmo y genial irreverencia.

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Zappa interpretado por la London Symphony Orchesta, demustra la genialidad de este artista componiendo, que es entre otras cosas, una parodia de los clichés y manierismos de la música hecha para cine.

A uno puede gustarle o no su música, pero lo que no se puede desconocer es el ingenio de este prolífico compositor. Mi disco preferido, el cual fue hurtado en alguna fiesta casera es Hot Rats.

Surplus


Con el fin de ir creando una lista de películas en mora de ser vistas:

En marzo del 2000, Atmo fue fundada por un puñado de amigos que compartieron años de cinematografía independiente informando desde lugares como Bosnia, Beirut y Africa del Sur. Erik Gandini es uno de ellos. SURPLUS fue dirigida y producida por este director en 2003. Fue rodada en China, EEUU, Cuba, Italia, Hungría, India, Canadá y Suecia. Es una odisea visual y personal acerca de la naturaleza destructiva de la cultura de consumo. Este documental ganó uno de los premios más prestigioso que un documental puede obtener: el Lobo de Plata del 2003 IDFA, (Festival Internacional de Docuental de Ámsterdam).

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Esperando a Herzog

Por qué existirá la nefasta tendencia de los distribuidores de películas en Colombia de pensar siempre por el público. Parecería que el argumento fácil de los mercadotecnistas es que "la mayoría de los colombianos preferimos las malas películas". Eso puede ser cierto, pero la culpa la tienen ellos por tenernos acostumbrados a tanto bodrio y estrellita del Oscar.

Fedosy Santaella, de nuestro vecino país de Venezuela nos recomienda la última película de Herzog: Grizzly Man, documental que se llevó un premio especial del jurado en Sundance. A los amantes de este director, se les recomienda viajar a Venezuela, así podrán ver la película, y de paso, apreciar un país donde existe una mayor y variada oferta cultural. También se les pide paciencia; quizás en algún festival de cine europeo en el 2010 llegue la película. Una solución más inmediata puede ser ahorrarse lo del Trasmilenio, caminar hasta la casa y comprar el DVD.

¿y la circunscripción indígena?


Mientras algunos analistas de prensa se rebanan el seso pensando los motivos ocultos detrás de las derrotas y victorias en las elecciones parlamentarias, nadie se pregunta qué pasó con la circunscripción indígena; donde por razones hasta el momento no muy claras ganó el voto en blanco. Al parecer el problema es culpa del diseño del tarjetón, lo que permitió que muchas personas al no encontrar el lugar correspondiente al voto en blanco lo marcaran dentro de la circunscripción. Frente a este resultado los candidatos indígenas están en el limbo y se esperan nuevas elecciones para la circunscripción indígena.

(más información)

Contra la Sacralización del Libro

«Apenas una cosa entre las cosas
Pero también un arma, fue forjada
En Inglaterra, en 1604.
Y la cargaron con un sueño. Encierra
Sonido y furia y noche y escarlata
Mi palma la sopesa. Quién diría
Que contiene el infierno: las barbadas
Brujas que son las parcas, los puñales
Que ejecutan las leyes de la sombra.
El aire delicado del castillo
Que te verá morir, la delicada
Mano capaz de ensangrentar los mares,
La espada y el clamor de la batalla.
Ese tumulto silencioso duerme
En el ámbito de uno de los libros
Del tranquilo anaquel. Duerme y espera».

Borges, Jorge Luis: Historia de la noche

Contra la Sacralización del Libro
TODOS LOS LIBROS AL VIENTO


Por: Jorge Alfonso Sierra
Consultor en marketing editorial
editor@mercadeoeditorial.com

El libro como mercancía y objeto mercadeable
Todo lo comercializable y lo susceptible a ser propuesto en un mercado para su difusión y su venta, ha sido asignado en los últimos tres siglos - con etiquetas de exclusividad mercantil - al modelo capitalista. Bajo esta perspectiva, se ha pretendido que algunos productos, sobre todo los culturales, no deban tener mediatizadores ni esquemas de difusión masivos, como tampoco estrategias que coadyuven a su venta y difusión.
Por extensión, también se ha procurado instituir la idea de que los Estados socialistas deberían estar inmunes a cualquier aplicación del mercadeo que ayudara a una supuesta masificación cultural.

El libro fue el primer producto cultural que teniendo en sus orígenes un carácter canónico y exclusivista, alcanzó sin embargo– sin que las elites pudieran evitarlo y debido al desarrollo de la imprenta -, la posibilidad de ser llevado y adquirido en y por grandes porciones de la población. Durante muchos años este producto libro, y principalmente su mayor exponente, “la literatura, existía primordialmente en la Corte Real y sus extensiones, la iglesia y las grandes casas, y más tarde en las tiendas de los libreros y los hogares de los lectores burgueses ilustrados” (Alvin Kernan. La Muerte de la Literatura. Monte Avila Editores) y se llegó incluso a debatir en forma continua e irresoluble en el siglo XVIII sobre los peligros del incremento de la lectura en las clases bajas, advirtiéndose de lo dañino para la salud pública de los excesos de leer con cierta asiduidad. Jonh Locke, por ejemplo, no era partidario de que se instruyese a los pobres y se tiene conocimiento de un panfleto de un autor anónimo que se publicó en 1.795 con una lista de las consecuencias físicas del exceso de lectura: “Susceptibilidad a los catarros, jaquecas, debilitamiento de la vista, sarpullidos, gota, artritis, hemorroides, asma, apoplejía, enfermedades pulmonares, indigestión, obstrucción de los intestinos, desórdenes nerviosos, epilepsia, hipocondría y melancolía”.

Estas curiosas admoniciones ante la lectura quedaron atrás hace muchos años pero arrastraron consigo un peligroso lugar común para los libros: el de propagar y dejar sentado que el pretender manejarlo como una mercancía y aspirar a masificarlo con la aplicación del mercadeo, sería degradarlo, acción sólo permitida para otros productos que no tuviesen una connotación tan pura y sacralizada como la que desde un comienzo adquirió el libro; pero además, que todo lo que tuviese que ver con el mercadeo, debiera quedar para ser realizado solamente en sistemas económicos como el capitalista, donde el lucro –se cree– siempre prevalece sobre lo social y cultural.

Bajo estas premisas los conceptos libro, satisfacción de necesidades y mercancía, fueron tajantemente excluidos en el análisis del libro y la lectura hasta el día de hoy, cuando cada concepto desanda caminos diferentes en el arduo sendero de la concreción de las apetencias humanas.

Aún así, encontramos que fue el comunista Carlos Marx quién definió la mercancía como un “objeto externo, una cosa que, en virtud de sus propiedades, satisface necesidades humanas de cualquier tipo.
La naturaleza de estas necesidades, el hecho de que tengan su origen en el estómago o en la fantasía, no cambia para nada la cuestión.” (Las negrillas son nuestras. Carlos Marx. El Capital, Libro I Edit. Sarpe.)

Aunque para esta época no existía la palabra marketing –mercadeo– ni se habían estudiado sus fundamentos, desde su obra fundamental y tesis central en contra del modelo capitalista, Carlos Marx esboza el núcleo principal en lo que se basa el mercadeo, incluida su definición: que los productos y servicios proveen a los compradores beneficios o soluciones funcionales, económicas y psicológicas, independientemente del tipo de producto que se trate, del modelo económico o político en que se inserten, de que existan estímulos externos para lo mismo o de que la necesidad –como casi siempre sucede en el caso de los libros– tenga su origen en la ilusión o en la fantasía.

Desde el punto de vista del mercadeo, las fuentes principales del valor que se ofrece al cliente parten de allí precisamente, de la provisión o satisfacción de sus necesidades, bien sean funcionales, económicas o psicológicas.

Curiosamente, para el libro pocas veces se plantean discusiones a fondo sobre las necesidades que éste debe satisfacer: si son sicológicas, académicas, funcionales o espirituales, pero sobre todo si serán las del escritor, las del editor o las del lector, además de cómo se haría para promoverlas. Una de las razones para la mencionada falta de objetividad hacia el libro se basa en que éste se ha sacralizado, intelectualizado, separándolo totalmente de cualquier atisbo que lo asimile a una mercancía y con ello, buscarle las necesidades que satisfascería. Con esto también se ha logrado apartar el libro de una probable masificación lo que lo ha convertido en un objeto discriminatorio y clasista, únicamente analizado desde la óptica del escritor o la del editor, pero no de la del lector.

Al analizar al libro como objeto, notamos que éste tiene la virtud de poseer dos características esenciales en su definición. Por una parte, en tanto su contenido, es un bien cultural que pugna por transmitir conocimientos, ocio o divertimiento. Y en cuanto a su desarrollo impreso, responde a factores económicos. Con base en lo anterior siempre se ha dicho, con certeza, que el libro es una mercancía, un bien de consumo, pero simultáneamente es un medio de comunicación, de transmisión de ideas, un bien cultural.

Y aunque éste carácter de bien cultural le confiere particularidades que es imposible ignorar, pues el valor de un libro es irreductible a sus solos términos económicos, visto en su perspectiva total y desprovisto de prismas sacralizantes –y apoyándonos incluso en la definición de Marx–, el libro es una mercancía, o como acertadamente lo definió Borges, y con lo cual le quitó cualquier presunción ritual: el libro es simplemente “Una cosa entre las cosas”.
Y el novelista francés Daniel Pennac acota sin ambages “(...) Visto desde este ángulo, el libro, pues, no es ni más ni menos que un objeto de consumo, y tan efímero como cualquier otro.” (Daniel Pennac. Como una novela. Edit. Norma)

Incluso, dentro del sinfín de estrategias que los promotores de lectura recomiendan para inducir a la iniciación de la misma o para incentivar o motivar el hábito lector, podemos hallar el realizar “actividades que muestren al niño que el libro es un objeto común, parte del mundo físico normal en que se desenvuelve”, o el que “se trata de lograr que quienes realizan por todo el país actividades de animación cultural, asuman, por ejemplo, la narración de cuentos con libros a la vista como un instrumento más, tal como lo hicieron antes con los títeres o el teatro de calle.”(Alvaro Agudo. La promoción de la lectura como animación cultural. Tomado de “La Hora del Cuento”. Selección, prólogo y notas. Alfonso Chase. Editorial Costa Rica.)

Aceptando sin más remilgos la faceta del libro como mercancía, podríamos acercarnos al mismo de una manera diferente en cuanto a su difusión y masificación se refiere, pues si definimos al libro como una mercancía que debe satisfacer necesidades humanas y –físicas, académicas o espirituales– su espectro y posibilidades se amplían para un hipotético lector.

Esta petición de orientar al libro hacia el concepto puro de mercancía, sin ser nueva ni reciente, no perjudica el contenido en sí del libro mismo, ni tampoco pone en riesgo su intención primaria ante cualquier lector, y antes por el contrario, se percibe que serían más los beneficios que los perjuicios que de aquella definición se derivarían.

“Desde finales del siglo XII, aproximadamente, los libros pasaron a ser objetos comerciales, y en Europa su valor pecuniario estaba lo suficientemente establecido para que los prestamistas los aceptaran como garantía subsidiaria; anotaciones donde se registraban tales compromisos se encuentran en numerosos libros medievales, especialmente en los pertenecientes a estudiantes. Entrado el siglo XV, el comercio de libros había crecido lo bastante como para que se los colocara en la lista de mercancías vendidas en las ferias comerciales de Frankfurt y Nördlingen” (Alberto Manguel. Una Historia de la Lectura. Grupo Editorial Norma.)
“(..) El libro de los Muertos ha desempeñado un gran papel. Es conocido desde aproximadamente 1.800 a.d.c. Fue adquiriendo con el tiempo un contenido puramente convencional y parece haber sido producido en serie por los sacerdotes, con un blanco para ser rellenado con el nombre del difunto; una industria en cierto modo semejante a la que, en tiempos muy posteriores, se desarrollaría con las indulgencias de la Iglesia Católica. El tráfico con los libros de los muertos fue sin duda la única forma de comercio de libros en Europa.”(Svend Dahl. Historia del Libro. Edit. Alianza Universidad.)

De allí que exista una relación indudable, aunque difícilmente cuantificable, entre los libros y el desarrollo material y económico de los pueblos. Sin que se trate de una relación de causalidad simple, basta comprobar que el orden de mayor a menor desarrollo económico de las naciones corresponde, casi idénticamente, al orden de mayor a menor disponibilidad de libros para su población. En todo país el propósito de elevar el nivel de vida de sus habitantes depende tanto de los logros en la producción general como de la elaboración y difusión de libros y de otros bienes culturales, todo aparejado con sus consabidos desarrollos educacionales.

Sacar entonces al libro de las amarras hieráticas en que lo hemos confinado –lejos de los objetos mortales que amargan o enternecen la vida de los seres humanos– y ponerlo como un elemento más dentro de las múltiples opciones para alcanzar la felicidad que la vida nos ofrece, será un debate y una misión, que habrá que proponerse, pues “todos y cada uno de los volúmenes que cada uno de los 365 días del año llegan a las librerías son, además de un testigo de la cultura del tiempo en que fueron concebidos, un objeto mercantil como pueden serlo los zapatos que habremos de calzar la próxima temporada”.(Mundolibro.Com. El Mundo. Madrid. España. 6 de agosto de 2000)

Tremor III Bogotá

Tremor es un evento creado para ser una plataforma experimental de las artes en vivo (arte vivo) que incluye performance, sonido experimental y acciones multidisciplinarias.
En su tercera versión, Tremor sucederá en la ciudad de Bogotá, Colombia en el reconocido espacio de Mapa Teatro, los días 24 y 25 de Marzo.

EL DULCE LEÓN AFRICANO

Hace diez años, en una tarde inspirada por la reina del lúpulo, alguien a quien llamaremos el Borges negro me dio una idea cuando yo dije que quería escribir un libro sobre ese deporte que en todas las aldeas del mundo practican mejor que nadie los hijos del mestizaje: que escribiera un libro sobre los grandes derrotados. Los años pasaron: vinieron los hijos y los poemas, el silencio y la cebada.

(lee el prólogo)

Juan Balaguer


Intento ser artista pero no el genio que todo lo domina: elijo ser pintor. No invento un lenguaje ni me invento a mí mismo, trato de inventar una obra. Hoy Picasso parece una firma, Van Gogh una oreja y Dalí un bigote. El artista convertido en signo supera su propia obra. Cuando la personalidad es una exigencia del mercado y la distribución y el consumo importan más que la producción, producir arte con un pincel puede ser un acto político. Es cierto, la pintura es un medio, pero más cierto es que el medio es el mensaje.Por eso elijo esconderme en mis cuadros.

Juan Balager

La doble mirada de un cristal

Ciudad de cristal hace parte de la ‘Trilogía de Nueva York’ de Paul Auster. Art Spiegelman un integrante del movimiento de comics underground y editor de la revista Raw presenta un libro maravilloso que fusiona narrativamente la novela de Auster con el “comic”. Aunque, como dice Spiegelman, sería más correcto buscar un nombre diferente de “novela grafica” o “comic” para describir este tipo de pieza narrativa.

La magnifica adaptación grafica de la novela de Auster, estuvo a cargo de los dibujantes Paul Karasik y David Mazzucchelli. Esta puerta de entrada a lo que Spigelman llama el “Neon Lit” o novela grafica, obliga al lector a hacer uso de todos sus sentidos para comprender las múltiples personalidades que Daniel Quinn, escritor de novelas policíacas, asume para investigar un caso que lo lleva a los lugares más oscuros de su propia existencia.



Retrato de un detective privado de ojos cristalinos

Por Art Spiegelman

Todo empezó con un número equivocado...
¡Una “Novela Gráfica”! ¡Bah!
¿Cómo llamaría Peter Stillman, el chiflado buscador del Lenguaje Originario en Ciudad de cristal, a la adaptación visual de la novela que imagina en ella? ¿Un Crumblechaw? ¿Un Nincompictopoop? ¿Un Ikonologosplatt? Porque el término cómic no puede ser ya el “nombre auténtico” de un medio narrativo que entrelaza íntimamente palabras e imágenes pero que no es necesariamente cómico en su tono.


A mediados de la década de 1980, algunos bienintencionados periodistas y libreros trataron de diferenciar un puñado de libros en formato de cómic de otras obras menos ambiciosas, dando a los primeros el nombre de “novelas gráficas”. Pero aun cuando mi propio libro Maus fue responsable parcialmente de que las librerías se convirtieran en un lugar seguro para los cómics, la nueva denominación se me atragantó como una mera apuesta cosmética por la respetabilidad. Dado que las obras “gráficas” eran merecedoras de respeto y las “novelas” eran respetables también (aunque no lo hubieran sido siempre), con toda seguridad las “novelas gráficas” ¡tenían que ser respetables por partida doble!
Todo empezó con una idea destinada...
Se requirió otra década antes de que un buen número de cómics largos y ambiciosos alcanzaran el concepto de masa crítica, o, en otras palabras, hasta que suficientes obras merecedoras de atención crítica formaran en las librerías una sección en cierto modo inevitable, pero, cansado de ver mis ejemplares de Maus rodeados de libros de fantasía y manuales de juegos de rol, traté de acelerar el proceso. Y así, a principios de la década de 1990 me quejé a uno de mis editores de que, puesto que mi obra parecía destinada por la fatalidad a permanecer en el ghetto de la sección de novela gráfica, tal vez podría mejorarse su vecindario encargando a algunos novelistas serios que proporcionaran guiones para destacados artistas gráficos. Fue así como conseguí permiso para tentar a varios conocidos novelistas, entre los que se hallaban William Kennedy, John Updike y Paul Auster.
Todo empezó con algunos amigos...
Yo tenía la suerte de haberme hecho amigo de Paul Auster a finales de los años ‘80, y mis repetidas zalemas consiguieron hacerlo jugar con la posibilidad de colaborar con un dibujante. Tuvo él un vislumbre de idea: la visión de un muchacho flotando en el agua. Lo siguiente que supe de ello fue que aquel vislumbre se había convertido en su siguiente novela, Mr. Vértigo, y que él me invitaba amablemente a realizar una ilustración para la cubierta. Todos los novelistas con los que me puse en contacto se mostraban intrigados por mi propuesta, y después salían corriendo. (Updike, que en los comienzos de su carrera quiso ser dibujante de cómics, me contó que le había costado cincuenta años llegar por fin a reconciliarse con la idea de poner palabras en sus dibujos.) Pero hasta él se mostró un tanto dubitativo con mi idea, íntimamente convencido de que la expresión “más pura” de la forma del cómic exigía que el texto y los dibujos fueran realizados por la misma persona.
Fue así como languideció el proyecto, pero sólo para ser reemplazado por una idea que yo creía que era incluso mucho peor. En algún momento, Paul había sugerido que yo adaptara simplemente alguna de sus obras ya publicadas. Desdeñé la idea hasta que otro amigo, Bob Callahan, me engatusó a su vez para coeditar con él una serie de libros: adaptaciones en cómics de literatura urbana de género negro. Yo no podía imaginar quién demonios podía estar interesado en adaptar un libro en... ¡otro libro! Para poner más difíciles las cosas, el objetivo en ese caso no era crear una especie de versiones simplificadas de “Clásicos ilustrados”, sino ‘traducciones’ visuales que merecieran de hecho la atención del adulto. Ciudad de cristal era exactamente el tipo de novela que buscaba Callahan para definir la que, provisionalmente, llamaba “Neon Lit”, pero la relectura del delgado volumen de Auster descubrió que la elección parecía de inmediato asombrosamente acertada y, en consecuencia, una espléndida baza. Por sus traviesas alusiones a la novela de ficción barata, Ciudad de cristal es una obra que, en esencia, resulta sorprendentemente no visual: una compleja maraña de palabras e ideas abstractas expuestas con estilos narrativos que su autor se divierte en cambiar. (Paul me previno de que varios intentos de convertir el libro en un guión de cine habían fracasado miserablemente.)
Yo enredé a David Mazzucchelli, cuyos dibujos en el Batman: Year One de Frank Miller habían hecho gala de una gracia, una economía y una comprensión de la forma que hacían casi interesante el género del superhéroe. Los asombrosos cómics y grafismos que siguió luego publicando por su cuenta tras abandonar su línea principal en el mismísimo cenit de su popularidad, lo convertían en principio en el hombre ideal para llevar adelante el reto. Pero, tras algunos intentos, David comenzó a mostrarse desanimado: era más que capaz de contar el “relato” de la novela de Paul, pero no conseguía localizar los ritmos internos y los misterios reales que hacían que valiera la pena narrarlo. Tal vez era imposible.
Aferrándome a nuestras últimas posibilidades, visité a Paul Karasik, que había sido estudiante mío en la New York’s School of Visual Arts allá por 1981 y 1982 (precisamente, como se vio luego, en los años en que Auster estaba escribiendo Ciudad de cristal). Como profesor, yo había imaginado tareas decididamente imposibles, como la de pedir a los estudiantes que transformaran en cómics un pasaje más bien escasamente narrativo de El ruido y la furia de Faulkner. Y Karasik había demostrado reiteradamente tener talento para dar con soluciones plausibles e inteligentes.Tras explicarle nuestro apuro, recuerdo que él se jactó de ser la persona ideal para la tarea, pero hasta mucho más tarde no tuve conocimiento de su historia, que se diría sacada de Auster. Parece ser que, en 1987 (el año, resultó, en que Paul Auster y yo nos conocimos), Paul Karasik enseñaba arte en el Parker Collegiate de Brooklyn Heights. Al enterarse por entonces de que uno de sus alumnos más espabilados de once años, Daniel, era hijo del novelista Paul Auster, Karasik leyó algunos de sus libros y, por diversión, ¡desglosó en uno de sus cuadernos de bocetos unas pocas páginas de Ciudad de cristal!
Los nuevos bocetos que hizo seis o siete años después de aquel primer experimento estaban realmente inspirados. Cuando vi las páginas que recogían el memorable discurso de Peter Stillman a Quinn, me quedé boquiabierto. Era un asombroso equivalente visual de la descripción que hace Paul Auster de la voz y los movimientos de Stillman: “De un modo maquinal, espasmódico, alternando gestos lentos y rápidos, rígido y a la vez represivo, como si la operación escapara a su control, como si no correspondiera totalmente a la voluntad que había detrás”. Con su insistencia en una estricta y regular cuadrícula de paneles, Karasik localizaba el lenguaje primordial del cómic: la cuadrícula como ventana, como puerta de una prisión, como bloque urbano, como tablero; la cuadrícula como un metrónomo que mide los cambios y los arranques de la narración.
Había un problema con los bocetos: el pequeño formato final de la página de los Neon Lit no podía acomodarse a todas aquellas incesantes filas de pequeñas viñetas, sin parecer apretujada torpemente. Las escrupulosas compresiones (Paul Karasik había configurado la adaptación para que cada grupo de viñetas tuviera proporcionalmente el mismo espacio que el que correspondía al de los párrafos del texto original de Paul Auster) necesitaron ser repensadas para que las páginas pudieran “respirar” algo más. Hubo que ampliar también ocasionalmente algunas imágenes para guiar los ojos del lector en la congestionada cuadrícula. Y esto permitió fortuitamente que David se reintegrara también al equipo para la realización de nuevas condensaciones y configuraciones, por lo que pudo comprometer en la tarea sus formidables cualidades.
En cuanto a Auster, estoy convencido de que ha hecho gala de gran generosidad...
Paul Auster, consciente de las apreturas y urgencias que requieren las traducciones y adaptaciones, pasó un largo y provechoso día con Mazzucchelli, Karasik y yo estudiando el boceto y ofreciéndonos sus sugerencias. Generoso como siempre, se mostró complacido y deseoso de colaborar, pero creo que no se dio cuenta cabal de lo abrumadoras que habían sido las probabilidades de fracasar, ni de que el éxito que había obtenido su novela había dado lugar a otra obra importante. Hurgando en el corazón de la estructura del cómic, Karasik y Mazzucchelli crearon un extraño doble, un Doppleganger del libro original. Es como si Quinn, confrontado en la Grand Central Station con los dos casi idénticos Peter Stillman, eligiera seguir al trazado con tinta y pincel en lugar de al descripto en tipografía. El volumen que resultó, publicado por primera vez en 1994, superó todas mis ideas puristas acerca de la colaboración. Ofrece una de las demostraciones más ricas que se hayan dado hasta la fecha del moderno Ikonologosplatt en su forma más sutil y adaptable.

Ciudad de cristalAdaptación gráfica de la novela de Paul Auster por Paul Karasik y David MazzucchelliIntroducción de Art SpiegelmanAnagrama150 páginas.

Por un plato de lechona

Acabo de llegar de votar. Todavía me pregunto si hubiera sido mejor quedarme en la casa. Pero bueno, había que ir por la lechona que venden a la entrada del Carulla: símbolo de lo que ha sido la política en Colombia desde siempre.

Mientras comía un plato de ocho mil pesos pensaba cuántas victorias electorales han sido mediadas y ganadas gracias a este exquisito animal relleno. Y es que en un país con hambre, sin democracia, sin estado, sin educación ¿quién no marca una equis por cualquier tonto aparecido a cambio de un plato de lechona?

¡Pues claro!: los que podemos comprarlo en Carulla.

La mala ortografía es culpa de la Real Academia.


Por Roberto Hernández Montoya
roberto@analitica.com
Serigrafía de Juan Antonio Roda.

La escritura castellana tiene una suerte contradictoria. Muchos de sus sonidos están representados por una sola letra. Por eso, por ejemplo, nadie escribe pasa en vez de tasa. Las letras p y t suenan en castellano de modo tan claro y distinto que permiten expresar significados diferentes. Por eso mismo nadie omite la tilde de la ñ, pues esta representa un sonido bien diferenciable del que representa la n. Así lo comenta Andrés Bello en sus Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América, publicadas en 1823 (Obras completas, reimpresas en 1981 por la Casa de Bello, Caracas). Salvo el epígrafe, todas las citas de Bello que siguen están tomadas de ese texto. He aquí la primera:

El mayor grado de perfección de que la escritura es susceptible, y el punto a que por consiguiente deben conspirar todas las reformas, se cifra en una cabal correspondencia entre los sonidos elementales de la lengua y los signos o letras que han de representarlos, por manera que a cada sonido elemental corresponda invariablemente una letra, y a cada letra corresponda con la misma invariabilidad un sonido.

Por no seguir ese principio, no sabemos si escribir injerencia o ingerencia; total si hay gerencias ¿por qué no puede haber ingerencias? Los que pronunciamos igual s y z tendemos a confundir tasa y taza.

Los únicos errores de ortografía que cometemos están vinculados con las consonantes b/v, s/z-c, g/j, h, k/q, ll/y, s/x, las vocales acentuadas o no: á/a, é/e, í/i, ó/o, ú/u y
la diéresis: ü/u.

Ello se debe a que un mismo sonido es representado por más de una letra y no sabemos cuál escoger. El criterio que rige esa escogencia es ajeno a la lengua porque es ajeno a la pronunciación. Está ligado a la etimología, que es ciencia docta y como tal no forma parte de la lengua en tanto práctica. La lengua es lo que es aquí y ahora, no lo que fue, cuya averiguación es cosa de sabios, muy interesante y esclarecedora, pero que puede convertirse en una interferencia si se la pone donde no es útil, como en la ortografía.
Allí es un vicio y no una virtud. De nuevo cito a Bello en sus recomendaciones a la Real (el subrayado es de Bello):

El camino que deben seguir sus reformas ortográficas es obvio y claro: si un sonido es representado por dos o más letras, elegir entre éstas la que represente aquel sonido solo, y sustituirla en él a las otras.

Empecinarse en mantener esa confusión es encapricharse en la presente neurosis ortográfica, es continuar infamando a los que no son tan minuciosos como para saber que se escribe idiosincrasia y no idiosincracia, como lo sugiere la analogía con democracia, etc. No habría esa confusión si todo lo escribiéramos con s, que los que distinguen z y s no han de tener problemas porque el sonido los guiaría tanto como nos guía a todos para no confundir t y p. No habría problema en que los que distinguen z y s escribieran fuerza y los demás fuersa. Si no hay confusión al hablar madrileños con americanos, ¿por qué habríamos de confundirnos al escribirnos unos a otros?

Pero para complicarnos la vida, objetivamente su principal cometido, la Academia adoptó tres principios fundamentales para la formación de las reglas ortográficas: pronunciación, uso constante y origen. De éstos, el primero es el único esencial y legítimo; la concurrencia de los otros dos es un desorden, que sólo la necesidad puede disculpar.

Si los romanos escribían habitus nosotros debemos trazar hábito, con h, aunque no la pronunciemos. La Real no explica por qué si debemos poner h sí debemos sustituir la terminación -us por -o. Si es porque pronunciamos -o y no -us, entonces debiéramos suprimir la h, que ni siquiera suena. Una mezcolanza caótica de pronunciación con etimología. De allí que a mucha gente «le suene» que se debe escribir *horguyo y cosas así. Es grotesco, pero más grotesco es mantener la causa de la grotesquería, es decir, ese
empecinamiento de mantener la letra h, como dice Bello:

Los antiguos [...] casi habían desterrado el h de las dicciones donde no se pronuncia, escribiendo ombre, ora, onor. Así, el rey don Alonso el Sabio, que empezó cada una de las siete partidas con una de las letras que componen su nombre (Alfonso) principia la cuarta con la palabra ome [...]. Pero vino luego la pedantería de las escuelas, peor que la ignorancia; y en vez de imitar a los antiguos acabando de desterrar un signo superfluo, en vez de consultarse como ellos con la recta razón, y no con la vanidad de lucir su
latín, restablecieron voces donde ya estaba de todo punto olvidada.

Los italianos la suprimieron, salvo en algunos casos morfológicos, y les ha ido mejor que a nosotros. Ganaron esbeltez y coherencia y hoy tienen una escritura mucho menos neurótica que la nuestra. Grave en el otro extremo es el problema del inglés, que si llega a alcanzar el principio bellista de «cada sonido una letra», los millardos de libros, revistas y periódicos impresos hoy serían ilegibles en una sola generación. Para descifrarlos haría falta un entrenamiento, como el que hoy se requiere para interpretar
manuscritos medievales. Pasaría parecido en francés. En esa situación estaremos también si seguimos indefinidamente los criterios ortográficos de la Real. La lengua sigue su evolución y la ortografía sigue estancada en un solo estado de la evolución, que ya no representa la situación contemporánea y a veces ninguna, lo que es peor, como ese empecinamiento etimológico en que se produce una ortografía esperpéntica que ni es latina ni es española. Algunos sostienen que es necesario guardar testimonio del origen de la lengua, poniendo h donde no suena y guardando la v. Aparte de que no
entiendo la razón de ello, me pregunto por qué guardar testimonio de unos rasgos y no de otros, aparte de las turbulencias que produce. En todo caso mejor aún sería restablecer el latín y así sí damos testimonio pleno del origen y sin generar esperpentos. El alfabeto latino se adapta con pocas modificaciones a la pronunciación española. El inglés, por ejemplo, no goza de esa suerte y tiene que hacer mil contorsiones para adaptarse. Pero en lugar de gozar de esa ventaja hemos complicado las cosas artificialmente, a fin de crear problemas donde no los hay.

Por eso hablo de neurosis. Consecuencia de los regaños escolares por la mala ortografía, creada por estas inconsistencias de la Real, es que prácticamente nadie le haya hecho
caso cuando autorizó en 1952, en sus Novísimas normas ortográficas, la no acentuación del solo que equivale a 'solamente'. Se puede escribir indistintamente sólo y solo, salvo cuando hay riesgo de confusión -que pasa en la comunicación oral, como en este ejemplo de la Real: Pasaré solo este verano aquí. Podemos evitar la ambigüedad de la frase escrita poniendo o quitando una tilde, pero ¿cómo hacemos en la comunicación oral en donde no hay problemas de ortografía, salvo los creados precisamente por la
ortografía? Nadie se atreve porque pocos saben la «novísima» norma y aun sabiéndola pocos osan dar el primer paso, no sea que los ignorantes lo tilden de ignorante porque no saben que ahora se puede ser libre, sobre todo si se encuentra con un profesor indocto y bruto, de esos que creen que basta reprimir para ser buen docente, accidente frecuente en la institución educativa, que sigue siendo concebida como fundamentalmente represiva y medieval. ¿Qué mejor instrumento para inculcar la represión que una ortografía de reglas arduas y arbitrarias ideal para tender esas trampas a que son adictos los profesores estúpidos? Esta ortografía esperpéntica que la Real está perpetuando no es más que un instrumento de violencia simbólica. La lengua es algo demasiado serio para dejarla en manos de los académicos de la lengua.

No me quejo, pues, de las faltas de prescripción autoritaria de esta nueva Ortografía de la lengua española, como hacen algunos que son aún más conservadores que la Real, como José Moreno de Alba, que critican que la Real dé libertades. Me quejo, sí, de que mantenga oscuras muchas cosas. Me quejo de que no continuase las reformas que dejó estancadas en 1844 e incluso en 1952, cuando adelantó mucho más que en esta «novisísima» Ortografía de 1999, casi idéntica a las Novísimas normas de 1952. Casi medio siglo perdido. O más, porque hemos retrocedido con respecto a la etapa
anterior a 1844, que Bello comentaba así en 1823:

En cuanto a la Academia Española, nosotros ciertamente miramos como apreciabilísimos sus trabajos. Al comparar el estado de la escritura castellana, cuando la Academia se dedicó a simplificarla, con el que hoy tiene, no sabemos qué es más de alabar, si el espíritu de liberalidad (bien diferente del que suele animar tales cuerpos) con que la Academia ha patrocinado e introducido ella misma las reformas útiles, o la docilidad del público en adoptarlas, tanto en la Península como fuera de ella.

176 años antes de esta Ortografía de 1999, Bello propuso un conjunto de reformas sensatísimas, que hubieran reducido a casi nada el caos ortográfico actual

ÉPOCA PRIMERA
Sustituir la j a la x y a la g en todos los casos en que estas últimas
tengan el sonido gutural árabe. Sustituir la i a la y en todos los casos en que ésta haga las veces desimple vocal.
Suprimir el h.
Escribir con rr todas las sílabas en que haya el sonido fuerte que corresponde a esta letra.
Sustituir la z a la c suave.
Desterrar la u muda que acompaña a la q.

ÉPOCA SEGUNDA
Sustituir la q a la c fuerte.
Suprimir la u muda que en algunas dicciones acompaña a la g.
Esas transformaciones se paralizaron gracias, sospecho, a los avatares ideológicos peninsulares que fueron reflejándose en la Real. Esta se volvió un poso (sí, con s) de conservadurismo, hasta el punto de que quiso convertirse en el epicentro de la derecha española. Lo logró. Gran parte del conservadurismo español giró en torno a ese patrioterismo lingüístico que otros llaman casticismo. Se multiplicaron así las advertencias contra los barbarismos y se generó un fundamentalismo gramatical que denunciaba los gazapos y solecismos como crímenes de lesa patria. Para colmo y atornillar a la Real en sus admoniciones, los anarquistas declararon la guerra a la h. La
gramática se volvió campo de batalla ideológico. Por eso nos ensañamos aún contra los errores ortográficos y los solecismos como no nos indignamos ante un juez venal o un empresario deshonesto. Esta nueva Inquisición te echa de un cargo porque no sabes sortear una ortografía tramposa que te hace escribir letras que no suenan y te propone dos para un mismo sonido. Si Sade hubiera sido verdaderamente malvado hubiera sido un gramático como estos que critico; no como Bello, que nos quería proteger de ellos.

No me quejo, pues, de los márgenes de libertad que nos concede -todo lo contrario: es lo único que le celebro-, sino de cosas como esta que dice la Real en el prólogo de su nueva Ortografía:

La Real Academia Española, como tal Corporación, se siente hoy orgullosa de que sus antecesores, durante el siglo transcurrido entre 1741, fecha de la primera edición de la Ortographía, y 1844, fecha del Real Decreto sancionador, tuviesen tan buen sentido, tan clara percepción de lo comúnmente aceptable, tal visión de futuro y tanto tino como para conseguir encauzar nuestra escritura en un sistema sin duda sencillo, evidentemente claro y tan adaptado a la lengua oral que ha venido a dotar a nuestra lengua castellana o española de una ortografía bastante simple y notoriamente envidiable, casi fonológica, que apenas si tiene parangón entre las grandes
lenguas de cultura.

¿Por qué entonces paralizó el proceso si era tan bueno? Desde 1741 la Real fue sensata; a partir de 1844 dejó de serlo. La explicación que da debe haberla redactado un bromista:

En 1843, una autotitulada «Academia Literaria y Científica de Profesores de Instrucción Primaria» de Madrid se había propuesto una reforma radical, con supresión de h, v y q, entre otras estridencias, y había empezado a aplicarla en las escuelas. El asunto era demasiado serio y de ahí la inmediata oficialización de la ortografía académica, que nunca antes se había estimado necesaria. Sin esa irrupción de espontáneos reformadores con responsabilidad pedagógica, es muy posible que la Corporación española hubiera dado un par de pasos más, que tenía anunciados y que la hubieran emparejado con la corriente americana, es decir, con las directrices de Bello.

Pocas veces he leído tantos disparates en solo dos párrafos. Lo llaman economía de medios.

Moraleja: si quieres cambiar las cosas no lo hagas y reza para que la Real lo haga por ti algún día, cuando avive el seso y despierte contemplando cuán presto se va el habla de la gente. No hagas nada y menos «estridencias», porque tú no sabes nada de esas cosas. Claro, la h no es estridente porque es muda. Estridente es eliminarla y el castigo es no menos de siglo y medio de parálisis y la consiguiente tortura ortográfica, desde 1844 hasta 1999 y lo que falta.

No sé cómo los académicos de hoy saben las intenciones de los de entonces en cuanto a emparejar las reformas con la corriente americana. ¿Dejarían para la posteridad algún acta secreta donde se consignaba esa intención? El «dato duro» es que no las emparejaron, lo demás es especulación huera y wishful thinking. Tampoco comprendo la razón de negarse a una reforma en 1999 solo porque unos «espontáneos» se adelantaron a hacer en 1843 el trabajo que debió haber emprendido la Real de entonces. Cierta gente me hace sospechar que la lingüística embrutece. Ya estaría convencido de ello si no fuera por monumentos de inteligencia como Noam Chomsky y Andrés Bello. En cuanto a eso de estridencia, dejo la palabra a don Andrés:

Decláranse algunos contra las reformas tan obviamente sugeridas por la naturaleza y fin de esta arte, alegando que parecen feas, que ofenden a la vista, que chocan. ¡Como si una misma letra pudiera parecer hermosa en ciertas combinaciones, y disforme en otras! Todas esas expresiones, si algún sentido tienen, sólo significan que la práctica que se trata de reprobar con ellas es nueva. ¿Y qué importa que sea nuevo lo que es útil y conveniente? ¿Por qué hemos de condenar a que permanezca en su ser actual lo que admite mejoras? Si por nuevo se hubiera rechazado siempre lo útil, ¿en qué estado
se hallaría hay la escritura?

Por otra parte, decir «lenguas de cultura» es una petición de principio escandalosa porque nos obliga a admitir que hay lenguas de incultura. La Real debió añadir un cuarto apéndice a los tres que pone en su nueva Ortografía, con una lista de las «lenguas de incultura» para procurar su extinción. Pero burlita aparte, separar las lenguas según esos criterios politically incorrect revela la vocación reaccionaria de la regia corporación, que implica y explica por qué mantiene congelada toda reforma ortográfica. El argumento de que se mantienen las normas en beneficio de la unidad de la lengua no tiene ningún peso. No sé qué tiene que ver una cosa con la otra. ¿En qué puede perjudicar esa unidad una reforma ortográfica?

Alguien dijo bobamente: «Se puede estar en favor o en contra de la Academia, pero no sin la Academia». Bobamente porque no es cierto que se necesite una autoridad central y vertical y por tanto autoritaria. La mayor parte de las lenguas, muchas de las que la Real tal vez llamaría «de cultura», no tienen una autoridad central. No he visto que la lengua inglesa se haya anarquizado por no tener una autoridad vertical que decida cómo decir y especialmente cómo escribir. Y sobre todo que cree más problemas que los que resuelve.

Cuando supe que la nueva Ortografía se iba a presentar en América antes que en España, imaginé que vendrían cambios importantes, que la Real se había «emparejado con la corriente americana», entre otras cosas. Ingenuo de mí.
Eso me pasa por creer todo lo que me dicen. La Real practicó esta vez lo que propongo llamar «populismo lingüístico»: una deferencia formal a los americanos, pero en el fondo todo sigue igual y no atiende la mayoría de las veces sino a cuestiones peninsulares, como en el caso de los topónimos que aparecen en el segundo apéndice: se señalan allí solo los de la Península. ¿Era mucho trabajo preguntar a las academias correspondientes por los topónimos de cada país hispanohablante? Sí, a juzgar por lo poco que rinden estas academias americanas.

Dos ejemplos: la ll suena lateral, dice la Real, aunque «algunos» la pronuncian de otro modo; son los yeístas, o sea casi todos los americanos y peninsulares. Lo mismo con la z, que según la Real se pronuncia como en Madrid; lo demás es «seseo», o sea, peculiaridad, desviación meramente tolerada. Pues bien, respetada Real: yeístas y seseístas somos la inmensa mayoría de los hispanohablantes, incluyendo a muchos peninsulares y a muchos académicos de la lengua. No sé si me explico. No soy ningún genio y soy capaz de entender eso, por lo que supongo que no debe ser muy difícil. Los
que hacen la diferencia entre z y s y distinguen entre ll e y son una minoría bastante pequeña. ¿No era hora de declarar que el seseo y el yeísmo son tan normales como lo otro? Así nadie queda discriminado, cosa tan descortés. En cuanto a z y s no se puede argumentar que diferenciarlas es más antiguo que no hacerlo, pues al principio había cuatro sonidos, que simultáneamente muchos peninsulares simplificaron en dos y todos los demás redujimos a uno solo y por eso pronunciamos igual z y s.

Cuando leí cuál era para la Real la pronunciación «normal» de ll y z, me sentí ninguneado, apartado, zurdo, chicano, menor de edad, marginal. Para la Real seguimos siendo indianos, gente rara, andaluza, canaria, ¿bárbara? Andrés Bello está bien pero siempre que no le hagamos caso. Total no es más que un indiano muy aprovechado. Hasta citan profusamente el trabajo de Bello que vengo mencionando, pero omitiendo minuciosamente las palabras que evoco aquí y aun otras en donde el caraqueño critica precisamente el estancamiento. Mejor que este flaco artículo son las poderosas palabras de Bello, que te invito a leer sin el filtro que les pone la Real. Si este texto mío tiene algún mérito, será el inducir a esa lectura.

Hubiera sido preferible que el señor director de la Real no viniera demagógicamente a presentarnos el librillo en América y en lugar de ello no nos hubiera declarado gente anómala en materia de pronunciación y espero que en esa sola materia. De todos modos habría que preguntarse si las academias americanas de la lengua no son más retrógradas que la Real.

Nos hemos resignado tanto a la inmovilidad que ya no concebimos que ciertas cosas puedan cambiar. Gabriel García Márquez es una excepción y ya vimos cómo casi lo linchan cuando propuso jubilar la ortografía. Juan Ramón Jiménez es percibido con cierta indulgencia condescendiente. Si la Real autorizó entre los siglos XVIII y XIX que escribiéramos filosofía en lugar de philosophía, hoy llama estridente suprimir la v, por ejemplo, letrica que no ha hecho sino causar confusión. Mucha gente cree que se pronuncia como en otras lenguas y algunos erróneamente la llaman labidental. B y v son
bilabiales. Hasta la Real lo sabe. La confusión proviene del empecinamiento académico en mantener en uso las dos letras. Para no hablar de las miles de veces que las confundimos al escribir. Ocurre ese error porque no hacemos la diferencia al pronunciarlas y cuando la hacemos tenemos que apoyarnos artificialmente en la ortografía, contra el sistema de pronunciación castellano.

Parecido ocurre con la g de garrapata y de guerra. Al insistir en que debe usarse qu- en lugar de q- a secas y gu- en lugar de g- sin aditamento de u, terminamos teniendo que escribir güe en el caso de vergüenza. Pocos recuerdan poner la diéresis (¨) sobre la u y se crea una nueva fuente de faltas de ortografía, es decir, de conflicto escolar y de estigmatización general. Sería interesante saber cuántos millardos al año cuesta enseñar y aprender esas estupideces, de paso con tan baja eficacia, pues generalmente
no la aprenden sino unos cuantos. Lo que la Academia llama «buena ortografía», estrictamente hablando, solo la tienen unos cientos de personas. Personalmente conozco a muy pocas, lingüistas incluidos. Desafío a los que defienden esa ortografía absurda a ver si nunca cometen errores.Basta un solo error para invalidarles el parapeto. Ese hecho debiera bastar. Borges dice que los falsos problemas conducen a falsas soluciones. Yo diríaque las falsas soluciones conducen a multiplicar más falsas soluciones, como esto de g-, gu- y la consiguiente güe que tan pocos recuerdan poner. Ni siquiera lo hacen los habitantes de la ciudad venezolana de Güigüe. Anda a ver cómo la escriben en los autobuses, sin diéresis: Guigue. Creo que nadie se ha equivocado de autobús a causa de esa omisión. Es como las mentiras: dices una y tienes que multiplicarla para encubrir una con otra. Miserias de mantener a la g representando el mismo sonido de la j. De nuevo Bello:

La j es el signo más natural del sonido con que empiezan las dicciones jarro, genio, giro, joya, justicia, como que esta letra no tiene otro valor en castellano; circunstancia que no puede alegarse en favor de la g o la x. ¿Por qué, pues, no hemos de pintar siempre este sonido con la j? Para los ignorantes, lo mismo es escribir genio que jenio. Los doctos solos extrañarán la novedad; pero será para aprobarla, si reflexionan lo que contribuye a simplificar el arte de leer, y a fijar la escritura. Ellos saben que los romanos escribieron genio, porque pronunciaban guenio; y confesarán que nosotros, habiendo variado el sonido, debiéramos haber variado también el signo que lo representa.

Todo esto es el resultado de naturalizar las letras. El lenguaje es la viva voz, la escritura es mera transcripción, como dijo Saussure. No es del todo cierto, pues la escritura tiene sus reglas propias, pero sí es cierto que el centro, la fuente y eje de la lengua es la viva voz. Pero ahí comienzan las complicaciones: cómo representar con garabatos eso que hablamos. Si el español no tuviera alfabeto podríamos partir de cero y dejarnos de
supersticiones etimológicas que no tienen nada que ver con el lenguaje que hablamos hoy. La escritura es una convención, no la esencia de las palabras.
La palabra retrógrado es un sonido, no la serie de diez letras y una tilde que hemos convenido usar para representarla. Pero la escritura se ha endiosado y por eso llamamos precisamente Escrituras los textos sagrados. Lo escrito tiene un carácter mágico y por eso Ángel Rosenblat nos legó dos textos magistrales que siempre debiéramos considerar para estas cosas: Sentido mágico de la palabra y El fetichismo de la letra. De allí que
movilizar la escritura sea tan difícil, sobre todo con guardias tan nerviosos. No duermen nunca. Por eso dicen que es preferible un malvado a un necio, porque el malvado descansa.

Una buena ortografía no es la que sigue los disparates de la Real, sino una que no provoque este tipo de confusiones. Por eso hablo de la mala ortografía de la Real. Hacer cundir la confusión fortalece el poder académico del modo más perverso, desde las primeras letras hasta la Real Academia Española. Respeto el poder académico cuando me es útil, cuando cambia la ortografía de philosophía por filosofía, que no me hace recurrir al diccionario para saber cómo se escribe. Pero no la respeto cuando se
burocratiza creando nuevas necesidades para justificar cargos, sueldos y congresos, en donde se crean nuevos problemas para crear más cargos, más sueldos y más congresos. Y contagiar su neurosis a la vida pública.

Ahora habrá que esperar tal vez 155 años más para que alguien se acuerde del proyecto de Bello. No sé si la persistencia de la computación hará el milagro de despertar a los académicos, sobre todo ahora que hicieron negocio con Bill Gates para regir el analizador gramatical y el corrector de pruebas de su procesador de palabras Word (El Nacional, 17/10/99). El dictado a la computadora sería mucho más fácil con una ortografía racional y no esta en que la pobre computadora no sabe si le están diciendo tasa o taza cuando alguien pronuncia tasa. El Nacional tituló la noticia excelentemente: «La ortografía del tercer milenio seguirá siendo la del siglo XIX» (16/9/99).

Humildad y paciencia, pues, y nada de andar haciendo innovaciones estridentes por tu cuenta, no sea que la coherencia y la racionalidad se atrasen otros 155 años.

300 días en afganistán


El texto de Natalia Aguirre que fuera publicado por la revista El Malpensante en marzo de 2004 y por el cual la autora obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría de “crónicas y reportaje”, es ahora editado por Anagrama. De esta manera, Aguirre se convierte en la primera colombiana en publicar en el género de Crónicas de esta prestigiosa editorial catalana, lo que ratifica aún más la calidad del manuscrito.
Con prólogo del editor colombiano Andrés Hoyos, 300 días en Afganistán es una apasionante crónica compuesta por una compilación de los correos electrónicos que Natalia Aguirre escribió a sus parientes y amigos durante su estancia en el país asiático donde trabajó como ginecóloga de la organización Médicos Sin Fronteras desde septiembre de 2002 a julio de 2003.

Premios Nacionales de Cuento y Poesía 2005 Ciudad de Bogotá

Juan Alvarez con Falsas Alarmas y Mauricio Contreras con La Herida
intacta fueron los ganadores en la séptima versión de los Premios
Nacionales de Literatura Ciudad de Bogotá, otorgados por el Instituto
Distrital de Cultura y Turismo. Las obras ya están disponibles en las
principales librerías del País.

Para el año 2006 el Instituto de Cultura y Turismo lanzará sus Concursos Nacionales de Literatura Ciudad de Bogotá en las Categorías de: Novela-Cuento y Ensayo. El lanzamiento
se hará en la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá.

La premiación de las obras ganadoras en el 2005 se realizará el próximo
martes 14 de marzo en la Sala Oriol Rangel del Planetario de Bogotá.( Cra 6#26-07) Hora: 6:30p.m.


Falsas Alarmas
Autor: Juan Álvarez Desde 1999, el Instituto Distrital de Cultura y
Turismo otorga los premios de literatura Ciudad de Bogotá en las
categorías de poesía, cuento y beca de investigación. En la edición de
este año, un jurado integrado por Hugo Chaparro Valderrama, Camilo
Jiménez, Julio Paredes, decidió otorgarle esta distinción, en la
categoría de cuento, al escritor huilense Juan Álvarez. Álvarez, quien
realizó una maestría en creación literaria en la Universidad de Texas,
ha publicado varios cuentos, entrevistas y ensayos en publicaciones
colombianas, peruanas y norteamericanas. En la prosa de Álvarez
sobresalen el buen humor. Con una nota en la que Álvarez confiesa que
el cuento Puntos de Arena ¿está cimentado sobre el plagio de una
anécdota del cuento Fotos, de Roberto Bolaño? empieza la nota de autor,
en la que se cita la influencia, siempre puntual de Raymond Carver,
Antón Chejov, Porfirio Barba Jacob, Fernando Pessoa y Juan Rulfo en los
cuentos que conforman el libro, dentro de los que se cuentan títulos
tan llamativos como Puntos de arena y Fw, Dos puntos, Metasexo. Precio $ 15.000


La herida intacta
Autor: Mauricio Contreras
De nuevo esta mujer descalza bailando entre fogatas ahoga el odio con
el esplendor de sus llagas, ¿Qué ocultar a la mirada más limpia de
espadas? La herida intacta.
Mauricio Contreras ganó el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá
2005 con este poemario en el que, con gran capacidad estilística,
expone lo más profundo de la cotidianeidad. La frase El exceso de
carencia, presente en uno de los poemas, resume el tema central de este
reveladora obra poética. Contreras nació en Bogotá en 1960 y es autor,
entre otros, de los libros: Geografías y De la incesante partida. Precio $ 11.000

Yaguará

Yaguará es un pequeño pueblo del departamento del Huila, en Colombia. Aquí algunas vistas:

De culebrero a culebrero

Hay culebreros descarriados que, por formación, piensan que ser honesto es para aquellos que no han podido adaptarse a la sociedad. Esto es esencial, pues la palabrería, la patraña y el truco es lo que les permite sanar. Sus pomadas, brebajes, ungüentos, pócimas y conjuros son el resultado de su mayor convicción: si no se puede hacer parte de la solución por lo menos se puede hacer parte del problema.