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Los candidatos presidenciales y los medios de comunicación en Colombia

¿Cuál es la relación de los candidatos presidenciales y los medios de comunicación en Colombia?


Total de menciones de los nombres de los candidatos en páginas indexadas en Google, de los principales medios de comunicación en Colombia (Enero a Marzo de 2010)


Hoy la relación con los medios de comunicación es uno de los elementos más importantes dentro de cualquier campaña política en el mundo. La opinión que pueda generar un candidato ya sea positiva o negativa es un aspecto a tener en cuenta en el análisis de las estrategias de las campañas electorales. No siempre una opinión negativa en un medio de comunicación puede ser negativa para una campaña. El mejor ejemplo fue el golpe de opinión que generó la bajada de los pantalones de Mockus en la Universidad Nacional. Este acto simbólico, involuntario cómo estrategia electoral, fue decisivo a la hora de poner a Antanas en la mente de los electores bogotanos que después lo eligieron como alcalde de Bogotá en 1995.

¿Cuál es la relación de los candidatos presidenciales y los medios en Colombia? Si bien no se puede tener una respuesta total a esta pregunta, si se pueden valorar algunas tendencias gracias a herramientas como los indexadores de noticias de los grandes buscadores en internet. Si hacemos una cuenta del número de mociones de los nombres de los candidatos presidenciales en los portales de los medios de comunicación en Colombia utilizando las páginas indexadas en Google durante los primeros tres meses del año, salen unos resultados muy interesantes.

Este análisis sale de filtrar las páginas indexadas en Google por cada uno de los nombres de los candidatos, para cada uno de los portales en Internet, de cada uno de los medios en Colombia, para el periodo 1/01/2010 a 31/03/2010.

eltiempo.com

elespectador.com


semana.com

caracol.com.co
(RCN)canalrcnmsn.com


Datos y fuentes


Interés sobre candidatos presidenciales colombianos en Google

El interés de los nombres de los candidatos presidenciales en Colombia en Internet se puede seguir a través de las búsquedas que los colombianos hacen de sus nombres en Google. ¿Quiénes están trabajando mejor su visibilidad?



Y qué tal si lo comparamos con las últimas elecciones norteamericanas:

Comentario frustrado

No pude dejar un comentario en eltiempo.com, pues su registro de usuario es una porquería y no funciona. Además, me saca de quicio que me piden la cedula para reportar problemas en su página. Por eso he decidido publicar aquí mi comentario al artículo de opinión de María Jimena Duzán.

Para empezar a entendernos desde adentro, creo que hay que dejar esta tendencia de compararnos con otros países del mundo y otras realidades que poco se parecen a la nuestra. El terrorismo en España y la sociedad española son fenómenos cualitativamente diferentes a lo que ocurre en Colombia.

Colombia es un país en medio de una guerra irregular, y hechos lamentables como el de los once diputados son el resultado del paroxismo de unos actores armados que están tan traumados como sus víctimas. Los verdugos en Colombia fueron victimas y viceversa. Es un circulo vicioso que se repite desde hace lustros. Los ideales de los caudillos tiene mas tintes de venganza que un solido discurzo político. Solo hay que escuchar las historias de vida de Marulamda, Castaño y hasta el mismo Uribe. Victimas y victimarios de esta guerra fratricida.

Los que vivimos en la comodidad de las ciudades, evadimos la realidad que se vive fuera de nuestras fronteras y no salimos a la calle a protestar para no sentirnos vinculados con una guerra que no nos interesa comprender, porque a pesar de todo tenemos que seguir adelante con nuestra vida.

Esta realidad es muy diferente para los que habitan una apartada vereda a la que solo se puede llegar a pie. Estas personas que tienen enterrado el fusil, esperando que algún día venga quien sabe quien a quitarle su tranquilidad. Estas personas, si son inteligentes, tampoco salen a protestar pues están en medio de la guerra. No protestan pues esto significaría ser señalado por uno u otro bando.

Los colombianos tenemos miedo y especialmente de vernos al espejo, tenemos temor de reconocernos como diferentes en un país fragmentado. El temor nos lleva a ser violentos tanto por acción como por omisión. Nos cuesta mucho ponernos en los zapatos del otro y hasta que no lo hagamos seguiremos dentro del mismo circulo vicioso. Esto es como el alcoholismo, hasta que no lo reconozcamos nunca nos libraremos de la enfermedad.

Como una piedra rodante


Abro mi correo la mañana de ayer y leo: “vendo entrada para los Stones esta noche”. Aún no entraba en razón pero no lo pensé ni dos segundos y escribí de vuelta: “Me interesa, crees que te la pueda pagar hasta final del mes”. La respuesta fue a afirmativa y a las 9:00PM de la noche estaba en medio de la pista del Estadi Olimpic. Mi entrada era para las graderías pero sin ningún problema pude colarme hasta la pista y logré encontrar un buen lugar cerca de la valla del VIP. No soy un fanático frenético de los Stones pero después de ayer será difícil no buscar unas cuantas canciones para bajar mi computador.

Es increíble la energía que aun pueden trasmitir estos sexagenarios. Mick Jagger es un monstruo en escena, un show man. Él sólo es capas de comerse todo el escenario con su vigente movimiento de caderas y ese bailecito andrógeno tan característico. Hay que decir que Keith Richards está hecho polvo, pero su facha y ese estilo tan particular de tocar la guitarra le valieron una ovación multitudinaria del público. Al final es un icono de la contracultura y una figura indispensable para la banda a pesar de que sus punteos de guitarra solo representen un mínimo porcentaje de la música. “Menos es más” decía un veterano en el orinal mientras se sacudía el miembro. “Siempre aprovecho para venir al baño cuando Richards hace su numerito” concluía. Ron Wood se la “curro”, es el tío que hace el hard work.

Momentos inolvidables: El tributo a James Brown con Jagger imitando al rey del Soul que siempre llevaba un pañuelo para secarse el sudor de la frente. El solo de la corista, ¡qué vos la de esta chica! y las cinco canciones menos populares, todo un recuento de la trayectoria musical de los Stones.

Estudio Colombiano de Valores II

Nos hemos enterado por fuentes fidedignas que Camilo Herrera pasó silenciosamente por este blog para saber que teníamos que decir sobre el Estudio Colombiano de Valores. Como buen administrador del conocimiento que quiere divulgar y vender el producto que ha creado, Herrera no pudo superar la tentación de saber qué están diciendo por ahí. Ante la pregunta ¿y por que no dejó su comentario en el blog? Explicó que cree que este no es el medio mas adecuado para debatir sobre este tipo de temas, haciendo alusión a ambientes más académicos y propicios para un debate de fondo. Manifestó que son muchas las personas que deambulan por la red sin el suficiente conocimiento de causa para discutir temas de esta naturaleza y más si no han leído el estudio (el cual prometió pronto estará en Internet). También sugirió que la persona que pueda pasar de la introducción del los libros sumergiéndose en los artículos que componen esta obra, se dará cuenta que estos tres tomos tienen mucho más que ofrecer que su propia interpretación sobre los resultados del estudio.

Se refirió, por ejemplo, al artículo de Ronald Inglehart (Construyendo una Nueva Colombia, de una Cultura de Violencia a una Cultura de Seguridad y Autoexpresión En: Estudio Colombiano de Valores, Tomo 1, pg.183, Raddar, Bogotá: 2006) el cual Herrera considera, es un mensaje claro al gobierno colombiano de apostarle a un proyecto político de transformación cultural minimizando el uso de la coerción. Para esto, Inglehart, plantea la creación de un manifiesto para una Nueva Colombia que refleje las aspiraciones de los colombianos a través de un proceso de sensibilización de jóvenes, líderes departamentales y representantes de los grupos sociales y étnicos.

Al final del encuentro entre nuestra fuente y Herrera, este último admitió a regañadientes los errores cometidos en la edición de los libros.

Estudio colombiano de valores: ¿nuestra identidad?


Ayer, en las horas de la noche, en un elegante restaurante del norte de la ciudad de Bogotá, una agencia de publicidad y varias empresas de investigación hicieron entrega oficial de un estudio que seguramente dará mucho de que hablar. En principio habría que decir que el evento tuvo una fuerte connotación política, no sólo por las palabras de algunos interlocutores, como el ministro de justicia Sabas Pretelt, también por el repetitivo discurso que intentaba convencer al auditorio de que finalmente se producía un estudio que podía dar cuanta de cómo somos los colombianos. Con todo, en medio de los tragos de whiskey y comentarios light, había gente entre los asistentes que mirábamos con escepticismo lo que estábamos presenciado.

Las primeras inferencias que se pueden hacer una vez uno empieza a conocer el estudio es que es una replica de una investigación de tipo macroeconómico de escala mundial (venga uno a saber si bien o mal adecuada a una realidad tan compleja como es la colombiana). La investigación es el resultado de una metodología aplicada a Colombia derivada del Estudio Mundial de Valores, un estudio que como su nombre lo indica es a nivel mundial y que intenta revelar los cambios socioculturales y políticos de las naciones. El método utilizado es totalmente cuantitativo, lo cuál hace pensar al humanista más sensato ¿desde que punto de vista esta construido? pues su objetivo fundamental es el de examinar los valores públicos (cualquier cosa que esto signifique), el crecimiento económico, la actitud de los grupos humanos frente a la protección del medio ambiente y las relaciones entre cultura, política e instituciones democráticas.

Sería atrevido exponer críticas muy elaboradas pues apenas se ha revisado una pequeña parte del texto. Pero esto no quiere decir que no se puedan plantear algunas primeras inquietudes que asaltan al lector que se encuentra con esta pesada obra de tres tomos (NUESTRA IDENTIDAD Estudio Colombiano de Valores. Bogotá: Raddar S.A, 2006. info@raddar.net).

Primero, y permítame ir de lo superficial a lo profundo. Cómo es posible que al editor de los tres tomos de esta “monumental obra” no se le ocurriera hacer un índice. Tiene que ser un adivino el que encuentre dónde esta cada artículo del estudio. Como es posible que dentro de los participantes en el estudio no haya un antropólogo ¿no son acaso estos expertos los adecuados para dar cuenta de los temas de identidad y valores culturales?

Segundo, ¿por qué? Camilo Herrera, quien introduce el libro y el cual suponemos dirigió la investigación para Colombia –presidente de Raddar, economista y filósofo entre otras cosas– afirma lo siguiente:

A un equipo de más de 50 personas y cerca de 60 instituciones involucradas nos tomó más de 4 años llegar al fin de este camino y darnos cuenta de que lo que se escribió en “Colombia: en presencia de las republicas hispano-americanas –del Presbítero Dr. Federico C. Aguilar – aún es vigente.

Y pasa a exponer las palabras de Aguilar:

En otros países ocuparse es gozar; y el habito de trabajo da placeres que ignora
la holgazanería, pero entre nosotros divertirse es una ocupación. De allí proviene el tristísimo desengaño en que todo lo nuestro se encuentra […]; de ahí la creciente pobreza y desmoralización que nos hace buscar en las pillerías, en la mala fe, en el juego, en las estafas, en la política lo necesario para mantener los vicios que hemos contraído en la ociosidad y para vivir en la holganza y en la comodidad en la que nos hemos acostumbrado.

¿Será esta una afirmación, de Herrera parafraseando a Aguilar, sobre que el colombiano efectivamente es un holgazán? Qué podrá pensar un ciudadano común, ante semejante afirmación; un ciudadano como usted o como yo, que todos los días sale temprano de su casa para llegar en la noche cansado de su trabajo; o el campesino que debe cuidar su parcela con esmero para asegurar su subsistencia; o el pescador que debe salir todas las mañana a obtener su sustento; o la empleada del servicio domestico que debe limpiarle los calzoncillos a su patrón.

No sé si Herrera es conciente de lo que esta escribiendo, no obstante, más adelante y en un pequeño párrafo parece hacer una corta y no muy clara reflexión al respecto:

Lo curioso es que en todos estos textos –refiriéndose a la cita de Agilar – sobre cómo somos, existen tres factores comunes: el nivel cultural, la pereza al trabajo y la aversión a la cálese política. Es muy tentativo hablar sobre lo malo de nuestra forma de ser y poco sobre lo bueno, debido a nuestra naturaleza critica.

Después escribe:

Mas el colombiano es contradictorio […] por tres razones fundamentales: somos muy diversos; estamos en un fuerte proceso de cambio, y tenemos una gran brecha entre el ser, y el deber ser, decimos ser lo que queremos ser.

No sé si lo anterior asuste al lector, pero es claro que aduce a la siguiente conclusión: ser diverso hace del ser colombiano algo contradictorio. En principio esto no debe ser extraño para un texto que revela sin lugar a dudas un sesgo político de corte nacionalista y de derecha. Un texto que se ufana intentando exponer al colombiano, como si “el colombiano” fuera algo explicable y tangible que puede ser descrito a través de características comunes. Como si “el colombiano” pudiera ser un saco en el cual se pueden meter unos valores y otros no.

¿Qué es ser colombiano? ¿Es esta una pregunta posible de responder? No es acaso atrevido decir que este estudio si responde a lo que significa ser colombiano, argumentando, por ejemplo, que una de cada dos personas, dentro de una muestra de mil y pico encuestados, dice ser feliz. Si esto fuera así y todo fuera explicable a través de supuestos estadísticos y lógicos, entonces lo que Herrera realmente estaría diciéndonos es que de esos uno de cada dos colombianos (según los resultados que arroja el estudio) que dicen que son felices lo dicen porque quieren ser felices pero en realidad no lo son, pues anteriormente Herrera ha dicho que los colombianos “decimos que somos lo que queremos ser” y “que existe una brecha entre el ser y el deber ser”.

Para liquidar este asunto. La introducción de Herrera no cumple con su objetivo, no sabemos si es culpa del autor, del afán o que no pudo encontrar la respuesta en Internet. Lo que sí es cierto es que los libros muestran a la vista que están mal editados y que la introducción que debe ser una puerta amable termina siendo antipática al no poder explicar la razón de ser de una investigación de este tipo para el caso de Colombia. Al parecer esta levedad es importante para sorprender con uno que otro dato estadístico quetiene más valor argumentativo que la reflexión que merece un estudio donde se plantea la pregunta sobre la identidad de una nación. Sospecho que este facilismo en las explicaciones y los conceptos es una actitud frecuente por parte de quienes elaboran las políticas públicas, sustentadas en este tipo de estudios. Por eso no me extraña que Herrera advierta al lector en la introducción del libro, que puede “resultar para algunos un texto tedioso de leer”. El presentador peca siendo honesto, pues ¿quién pude leer un texto que es presentado bajo un despropósito como este?

¿y la circunscripción indígena?


Mientras algunos analistas de prensa se rebanan el seso pensando los motivos ocultos detrás de las derrotas y victorias en las elecciones parlamentarias, nadie se pregunta qué pasó con la circunscripción indígena; donde por razones hasta el momento no muy claras ganó el voto en blanco. Al parecer el problema es culpa del diseño del tarjetón, lo que permitió que muchas personas al no encontrar el lugar correspondiente al voto en blanco lo marcaran dentro de la circunscripción. Frente a este resultado los candidatos indígenas están en el limbo y se esperan nuevas elecciones para la circunscripción indígena.

(más información)

Contra la Sacralización del Libro

«Apenas una cosa entre las cosas
Pero también un arma, fue forjada
En Inglaterra, en 1604.
Y la cargaron con un sueño. Encierra
Sonido y furia y noche y escarlata
Mi palma la sopesa. Quién diría
Que contiene el infierno: las barbadas
Brujas que son las parcas, los puñales
Que ejecutan las leyes de la sombra.
El aire delicado del castillo
Que te verá morir, la delicada
Mano capaz de ensangrentar los mares,
La espada y el clamor de la batalla.
Ese tumulto silencioso duerme
En el ámbito de uno de los libros
Del tranquilo anaquel. Duerme y espera».

Borges, Jorge Luis: Historia de la noche

Contra la Sacralización del Libro
TODOS LOS LIBROS AL VIENTO


Por: Jorge Alfonso Sierra
Consultor en marketing editorial
editor@mercadeoeditorial.com

El libro como mercancía y objeto mercadeable
Todo lo comercializable y lo susceptible a ser propuesto en un mercado para su difusión y su venta, ha sido asignado en los últimos tres siglos - con etiquetas de exclusividad mercantil - al modelo capitalista. Bajo esta perspectiva, se ha pretendido que algunos productos, sobre todo los culturales, no deban tener mediatizadores ni esquemas de difusión masivos, como tampoco estrategias que coadyuven a su venta y difusión.
Por extensión, también se ha procurado instituir la idea de que los Estados socialistas deberían estar inmunes a cualquier aplicación del mercadeo que ayudara a una supuesta masificación cultural.

El libro fue el primer producto cultural que teniendo en sus orígenes un carácter canónico y exclusivista, alcanzó sin embargo– sin que las elites pudieran evitarlo y debido al desarrollo de la imprenta -, la posibilidad de ser llevado y adquirido en y por grandes porciones de la población. Durante muchos años este producto libro, y principalmente su mayor exponente, “la literatura, existía primordialmente en la Corte Real y sus extensiones, la iglesia y las grandes casas, y más tarde en las tiendas de los libreros y los hogares de los lectores burgueses ilustrados” (Alvin Kernan. La Muerte de la Literatura. Monte Avila Editores) y se llegó incluso a debatir en forma continua e irresoluble en el siglo XVIII sobre los peligros del incremento de la lectura en las clases bajas, advirtiéndose de lo dañino para la salud pública de los excesos de leer con cierta asiduidad. Jonh Locke, por ejemplo, no era partidario de que se instruyese a los pobres y se tiene conocimiento de un panfleto de un autor anónimo que se publicó en 1.795 con una lista de las consecuencias físicas del exceso de lectura: “Susceptibilidad a los catarros, jaquecas, debilitamiento de la vista, sarpullidos, gota, artritis, hemorroides, asma, apoplejía, enfermedades pulmonares, indigestión, obstrucción de los intestinos, desórdenes nerviosos, epilepsia, hipocondría y melancolía”.

Estas curiosas admoniciones ante la lectura quedaron atrás hace muchos años pero arrastraron consigo un peligroso lugar común para los libros: el de propagar y dejar sentado que el pretender manejarlo como una mercancía y aspirar a masificarlo con la aplicación del mercadeo, sería degradarlo, acción sólo permitida para otros productos que no tuviesen una connotación tan pura y sacralizada como la que desde un comienzo adquirió el libro; pero además, que todo lo que tuviese que ver con el mercadeo, debiera quedar para ser realizado solamente en sistemas económicos como el capitalista, donde el lucro –se cree– siempre prevalece sobre lo social y cultural.

Bajo estas premisas los conceptos libro, satisfacción de necesidades y mercancía, fueron tajantemente excluidos en el análisis del libro y la lectura hasta el día de hoy, cuando cada concepto desanda caminos diferentes en el arduo sendero de la concreción de las apetencias humanas.

Aún así, encontramos que fue el comunista Carlos Marx quién definió la mercancía como un “objeto externo, una cosa que, en virtud de sus propiedades, satisface necesidades humanas de cualquier tipo.
La naturaleza de estas necesidades, el hecho de que tengan su origen en el estómago o en la fantasía, no cambia para nada la cuestión.” (Las negrillas son nuestras. Carlos Marx. El Capital, Libro I Edit. Sarpe.)

Aunque para esta época no existía la palabra marketing –mercadeo– ni se habían estudiado sus fundamentos, desde su obra fundamental y tesis central en contra del modelo capitalista, Carlos Marx esboza el núcleo principal en lo que se basa el mercadeo, incluida su definición: que los productos y servicios proveen a los compradores beneficios o soluciones funcionales, económicas y psicológicas, independientemente del tipo de producto que se trate, del modelo económico o político en que se inserten, de que existan estímulos externos para lo mismo o de que la necesidad –como casi siempre sucede en el caso de los libros– tenga su origen en la ilusión o en la fantasía.

Desde el punto de vista del mercadeo, las fuentes principales del valor que se ofrece al cliente parten de allí precisamente, de la provisión o satisfacción de sus necesidades, bien sean funcionales, económicas o psicológicas.

Curiosamente, para el libro pocas veces se plantean discusiones a fondo sobre las necesidades que éste debe satisfacer: si son sicológicas, académicas, funcionales o espirituales, pero sobre todo si serán las del escritor, las del editor o las del lector, además de cómo se haría para promoverlas. Una de las razones para la mencionada falta de objetividad hacia el libro se basa en que éste se ha sacralizado, intelectualizado, separándolo totalmente de cualquier atisbo que lo asimile a una mercancía y con ello, buscarle las necesidades que satisfascería. Con esto también se ha logrado apartar el libro de una probable masificación lo que lo ha convertido en un objeto discriminatorio y clasista, únicamente analizado desde la óptica del escritor o la del editor, pero no de la del lector.

Al analizar al libro como objeto, notamos que éste tiene la virtud de poseer dos características esenciales en su definición. Por una parte, en tanto su contenido, es un bien cultural que pugna por transmitir conocimientos, ocio o divertimiento. Y en cuanto a su desarrollo impreso, responde a factores económicos. Con base en lo anterior siempre se ha dicho, con certeza, que el libro es una mercancía, un bien de consumo, pero simultáneamente es un medio de comunicación, de transmisión de ideas, un bien cultural.

Y aunque éste carácter de bien cultural le confiere particularidades que es imposible ignorar, pues el valor de un libro es irreductible a sus solos términos económicos, visto en su perspectiva total y desprovisto de prismas sacralizantes –y apoyándonos incluso en la definición de Marx–, el libro es una mercancía, o como acertadamente lo definió Borges, y con lo cual le quitó cualquier presunción ritual: el libro es simplemente “Una cosa entre las cosas”.
Y el novelista francés Daniel Pennac acota sin ambages “(...) Visto desde este ángulo, el libro, pues, no es ni más ni menos que un objeto de consumo, y tan efímero como cualquier otro.” (Daniel Pennac. Como una novela. Edit. Norma)

Incluso, dentro del sinfín de estrategias que los promotores de lectura recomiendan para inducir a la iniciación de la misma o para incentivar o motivar el hábito lector, podemos hallar el realizar “actividades que muestren al niño que el libro es un objeto común, parte del mundo físico normal en que se desenvuelve”, o el que “se trata de lograr que quienes realizan por todo el país actividades de animación cultural, asuman, por ejemplo, la narración de cuentos con libros a la vista como un instrumento más, tal como lo hicieron antes con los títeres o el teatro de calle.”(Alvaro Agudo. La promoción de la lectura como animación cultural. Tomado de “La Hora del Cuento”. Selección, prólogo y notas. Alfonso Chase. Editorial Costa Rica.)

Aceptando sin más remilgos la faceta del libro como mercancía, podríamos acercarnos al mismo de una manera diferente en cuanto a su difusión y masificación se refiere, pues si definimos al libro como una mercancía que debe satisfacer necesidades humanas y –físicas, académicas o espirituales– su espectro y posibilidades se amplían para un hipotético lector.

Esta petición de orientar al libro hacia el concepto puro de mercancía, sin ser nueva ni reciente, no perjudica el contenido en sí del libro mismo, ni tampoco pone en riesgo su intención primaria ante cualquier lector, y antes por el contrario, se percibe que serían más los beneficios que los perjuicios que de aquella definición se derivarían.

“Desde finales del siglo XII, aproximadamente, los libros pasaron a ser objetos comerciales, y en Europa su valor pecuniario estaba lo suficientemente establecido para que los prestamistas los aceptaran como garantía subsidiaria; anotaciones donde se registraban tales compromisos se encuentran en numerosos libros medievales, especialmente en los pertenecientes a estudiantes. Entrado el siglo XV, el comercio de libros había crecido lo bastante como para que se los colocara en la lista de mercancías vendidas en las ferias comerciales de Frankfurt y Nördlingen” (Alberto Manguel. Una Historia de la Lectura. Grupo Editorial Norma.)
“(..) El libro de los Muertos ha desempeñado un gran papel. Es conocido desde aproximadamente 1.800 a.d.c. Fue adquiriendo con el tiempo un contenido puramente convencional y parece haber sido producido en serie por los sacerdotes, con un blanco para ser rellenado con el nombre del difunto; una industria en cierto modo semejante a la que, en tiempos muy posteriores, se desarrollaría con las indulgencias de la Iglesia Católica. El tráfico con los libros de los muertos fue sin duda la única forma de comercio de libros en Europa.”(Svend Dahl. Historia del Libro. Edit. Alianza Universidad.)

De allí que exista una relación indudable, aunque difícilmente cuantificable, entre los libros y el desarrollo material y económico de los pueblos. Sin que se trate de una relación de causalidad simple, basta comprobar que el orden de mayor a menor desarrollo económico de las naciones corresponde, casi idénticamente, al orden de mayor a menor disponibilidad de libros para su población. En todo país el propósito de elevar el nivel de vida de sus habitantes depende tanto de los logros en la producción general como de la elaboración y difusión de libros y de otros bienes culturales, todo aparejado con sus consabidos desarrollos educacionales.

Sacar entonces al libro de las amarras hieráticas en que lo hemos confinado –lejos de los objetos mortales que amargan o enternecen la vida de los seres humanos– y ponerlo como un elemento más dentro de las múltiples opciones para alcanzar la felicidad que la vida nos ofrece, será un debate y una misión, que habrá que proponerse, pues “todos y cada uno de los volúmenes que cada uno de los 365 días del año llegan a las librerías son, además de un testigo de la cultura del tiempo en que fueron concebidos, un objeto mercantil como pueden serlo los zapatos que habremos de calzar la próxima temporada”.(Mundolibro.Com. El Mundo. Madrid. España. 6 de agosto de 2000)

Por un plato de lechona

Acabo de llegar de votar. Todavía me pregunto si hubiera sido mejor quedarme en la casa. Pero bueno, había que ir por la lechona que venden a la entrada del Carulla: símbolo de lo que ha sido la política en Colombia desde siempre.

Mientras comía un plato de ocho mil pesos pensaba cuántas victorias electorales han sido mediadas y ganadas gracias a este exquisito animal relleno. Y es que en un país con hambre, sin democracia, sin estado, sin educación ¿quién no marca una equis por cualquier tonto aparecido a cambio de un plato de lechona?

¡Pues claro!: los que podemos comprarlo en Carulla.

La mala ortografía es culpa de la Real Academia.


Por Roberto Hernández Montoya
roberto@analitica.com
Serigrafía de Juan Antonio Roda.

La escritura castellana tiene una suerte contradictoria. Muchos de sus sonidos están representados por una sola letra. Por eso, por ejemplo, nadie escribe pasa en vez de tasa. Las letras p y t suenan en castellano de modo tan claro y distinto que permiten expresar significados diferentes. Por eso mismo nadie omite la tilde de la ñ, pues esta representa un sonido bien diferenciable del que representa la n. Así lo comenta Andrés Bello en sus Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América, publicadas en 1823 (Obras completas, reimpresas en 1981 por la Casa de Bello, Caracas). Salvo el epígrafe, todas las citas de Bello que siguen están tomadas de ese texto. He aquí la primera:

El mayor grado de perfección de que la escritura es susceptible, y el punto a que por consiguiente deben conspirar todas las reformas, se cifra en una cabal correspondencia entre los sonidos elementales de la lengua y los signos o letras que han de representarlos, por manera que a cada sonido elemental corresponda invariablemente una letra, y a cada letra corresponda con la misma invariabilidad un sonido.

Por no seguir ese principio, no sabemos si escribir injerencia o ingerencia; total si hay gerencias ¿por qué no puede haber ingerencias? Los que pronunciamos igual s y z tendemos a confundir tasa y taza.

Los únicos errores de ortografía que cometemos están vinculados con las consonantes b/v, s/z-c, g/j, h, k/q, ll/y, s/x, las vocales acentuadas o no: á/a, é/e, í/i, ó/o, ú/u y
la diéresis: ü/u.

Ello se debe a que un mismo sonido es representado por más de una letra y no sabemos cuál escoger. El criterio que rige esa escogencia es ajeno a la lengua porque es ajeno a la pronunciación. Está ligado a la etimología, que es ciencia docta y como tal no forma parte de la lengua en tanto práctica. La lengua es lo que es aquí y ahora, no lo que fue, cuya averiguación es cosa de sabios, muy interesante y esclarecedora, pero que puede convertirse en una interferencia si se la pone donde no es útil, como en la ortografía.
Allí es un vicio y no una virtud. De nuevo cito a Bello en sus recomendaciones a la Real (el subrayado es de Bello):

El camino que deben seguir sus reformas ortográficas es obvio y claro: si un sonido es representado por dos o más letras, elegir entre éstas la que represente aquel sonido solo, y sustituirla en él a las otras.

Empecinarse en mantener esa confusión es encapricharse en la presente neurosis ortográfica, es continuar infamando a los que no son tan minuciosos como para saber que se escribe idiosincrasia y no idiosincracia, como lo sugiere la analogía con democracia, etc. No habría esa confusión si todo lo escribiéramos con s, que los que distinguen z y s no han de tener problemas porque el sonido los guiaría tanto como nos guía a todos para no confundir t y p. No habría problema en que los que distinguen z y s escribieran fuerza y los demás fuersa. Si no hay confusión al hablar madrileños con americanos, ¿por qué habríamos de confundirnos al escribirnos unos a otros?

Pero para complicarnos la vida, objetivamente su principal cometido, la Academia adoptó tres principios fundamentales para la formación de las reglas ortográficas: pronunciación, uso constante y origen. De éstos, el primero es el único esencial y legítimo; la concurrencia de los otros dos es un desorden, que sólo la necesidad puede disculpar.

Si los romanos escribían habitus nosotros debemos trazar hábito, con h, aunque no la pronunciemos. La Real no explica por qué si debemos poner h sí debemos sustituir la terminación -us por -o. Si es porque pronunciamos -o y no -us, entonces debiéramos suprimir la h, que ni siquiera suena. Una mezcolanza caótica de pronunciación con etimología. De allí que a mucha gente «le suene» que se debe escribir *horguyo y cosas así. Es grotesco, pero más grotesco es mantener la causa de la grotesquería, es decir, ese
empecinamiento de mantener la letra h, como dice Bello:

Los antiguos [...] casi habían desterrado el h de las dicciones donde no se pronuncia, escribiendo ombre, ora, onor. Así, el rey don Alonso el Sabio, que empezó cada una de las siete partidas con una de las letras que componen su nombre (Alfonso) principia la cuarta con la palabra ome [...]. Pero vino luego la pedantería de las escuelas, peor que la ignorancia; y en vez de imitar a los antiguos acabando de desterrar un signo superfluo, en vez de consultarse como ellos con la recta razón, y no con la vanidad de lucir su
latín, restablecieron voces donde ya estaba de todo punto olvidada.

Los italianos la suprimieron, salvo en algunos casos morfológicos, y les ha ido mejor que a nosotros. Ganaron esbeltez y coherencia y hoy tienen una escritura mucho menos neurótica que la nuestra. Grave en el otro extremo es el problema del inglés, que si llega a alcanzar el principio bellista de «cada sonido una letra», los millardos de libros, revistas y periódicos impresos hoy serían ilegibles en una sola generación. Para descifrarlos haría falta un entrenamiento, como el que hoy se requiere para interpretar
manuscritos medievales. Pasaría parecido en francés. En esa situación estaremos también si seguimos indefinidamente los criterios ortográficos de la Real. La lengua sigue su evolución y la ortografía sigue estancada en un solo estado de la evolución, que ya no representa la situación contemporánea y a veces ninguna, lo que es peor, como ese empecinamiento etimológico en que se produce una ortografía esperpéntica que ni es latina ni es española. Algunos sostienen que es necesario guardar testimonio del origen de la lengua, poniendo h donde no suena y guardando la v. Aparte de que no
entiendo la razón de ello, me pregunto por qué guardar testimonio de unos rasgos y no de otros, aparte de las turbulencias que produce. En todo caso mejor aún sería restablecer el latín y así sí damos testimonio pleno del origen y sin generar esperpentos. El alfabeto latino se adapta con pocas modificaciones a la pronunciación española. El inglés, por ejemplo, no goza de esa suerte y tiene que hacer mil contorsiones para adaptarse. Pero en lugar de gozar de esa ventaja hemos complicado las cosas artificialmente, a fin de crear problemas donde no los hay.

Por eso hablo de neurosis. Consecuencia de los regaños escolares por la mala ortografía, creada por estas inconsistencias de la Real, es que prácticamente nadie le haya hecho
caso cuando autorizó en 1952, en sus Novísimas normas ortográficas, la no acentuación del solo que equivale a 'solamente'. Se puede escribir indistintamente sólo y solo, salvo cuando hay riesgo de confusión -que pasa en la comunicación oral, como en este ejemplo de la Real: Pasaré solo este verano aquí. Podemos evitar la ambigüedad de la frase escrita poniendo o quitando una tilde, pero ¿cómo hacemos en la comunicación oral en donde no hay problemas de ortografía, salvo los creados precisamente por la
ortografía? Nadie se atreve porque pocos saben la «novísima» norma y aun sabiéndola pocos osan dar el primer paso, no sea que los ignorantes lo tilden de ignorante porque no saben que ahora se puede ser libre, sobre todo si se encuentra con un profesor indocto y bruto, de esos que creen que basta reprimir para ser buen docente, accidente frecuente en la institución educativa, que sigue siendo concebida como fundamentalmente represiva y medieval. ¿Qué mejor instrumento para inculcar la represión que una ortografía de reglas arduas y arbitrarias ideal para tender esas trampas a que son adictos los profesores estúpidos? Esta ortografía esperpéntica que la Real está perpetuando no es más que un instrumento de violencia simbólica. La lengua es algo demasiado serio para dejarla en manos de los académicos de la lengua.

No me quejo, pues, de las faltas de prescripción autoritaria de esta nueva Ortografía de la lengua española, como hacen algunos que son aún más conservadores que la Real, como José Moreno de Alba, que critican que la Real dé libertades. Me quejo, sí, de que mantenga oscuras muchas cosas. Me quejo de que no continuase las reformas que dejó estancadas en 1844 e incluso en 1952, cuando adelantó mucho más que en esta «novisísima» Ortografía de 1999, casi idéntica a las Novísimas normas de 1952. Casi medio siglo perdido. O más, porque hemos retrocedido con respecto a la etapa
anterior a 1844, que Bello comentaba así en 1823:

En cuanto a la Academia Española, nosotros ciertamente miramos como apreciabilísimos sus trabajos. Al comparar el estado de la escritura castellana, cuando la Academia se dedicó a simplificarla, con el que hoy tiene, no sabemos qué es más de alabar, si el espíritu de liberalidad (bien diferente del que suele animar tales cuerpos) con que la Academia ha patrocinado e introducido ella misma las reformas útiles, o la docilidad del público en adoptarlas, tanto en la Península como fuera de ella.

176 años antes de esta Ortografía de 1999, Bello propuso un conjunto de reformas sensatísimas, que hubieran reducido a casi nada el caos ortográfico actual

ÉPOCA PRIMERA
Sustituir la j a la x y a la g en todos los casos en que estas últimas
tengan el sonido gutural árabe. Sustituir la i a la y en todos los casos en que ésta haga las veces desimple vocal.
Suprimir el h.
Escribir con rr todas las sílabas en que haya el sonido fuerte que corresponde a esta letra.
Sustituir la z a la c suave.
Desterrar la u muda que acompaña a la q.

ÉPOCA SEGUNDA
Sustituir la q a la c fuerte.
Suprimir la u muda que en algunas dicciones acompaña a la g.
Esas transformaciones se paralizaron gracias, sospecho, a los avatares ideológicos peninsulares que fueron reflejándose en la Real. Esta se volvió un poso (sí, con s) de conservadurismo, hasta el punto de que quiso convertirse en el epicentro de la derecha española. Lo logró. Gran parte del conservadurismo español giró en torno a ese patrioterismo lingüístico que otros llaman casticismo. Se multiplicaron así las advertencias contra los barbarismos y se generó un fundamentalismo gramatical que denunciaba los gazapos y solecismos como crímenes de lesa patria. Para colmo y atornillar a la Real en sus admoniciones, los anarquistas declararon la guerra a la h. La
gramática se volvió campo de batalla ideológico. Por eso nos ensañamos aún contra los errores ortográficos y los solecismos como no nos indignamos ante un juez venal o un empresario deshonesto. Esta nueva Inquisición te echa de un cargo porque no sabes sortear una ortografía tramposa que te hace escribir letras que no suenan y te propone dos para un mismo sonido. Si Sade hubiera sido verdaderamente malvado hubiera sido un gramático como estos que critico; no como Bello, que nos quería proteger de ellos.

No me quejo, pues, de los márgenes de libertad que nos concede -todo lo contrario: es lo único que le celebro-, sino de cosas como esta que dice la Real en el prólogo de su nueva Ortografía:

La Real Academia Española, como tal Corporación, se siente hoy orgullosa de que sus antecesores, durante el siglo transcurrido entre 1741, fecha de la primera edición de la Ortographía, y 1844, fecha del Real Decreto sancionador, tuviesen tan buen sentido, tan clara percepción de lo comúnmente aceptable, tal visión de futuro y tanto tino como para conseguir encauzar nuestra escritura en un sistema sin duda sencillo, evidentemente claro y tan adaptado a la lengua oral que ha venido a dotar a nuestra lengua castellana o española de una ortografía bastante simple y notoriamente envidiable, casi fonológica, que apenas si tiene parangón entre las grandes
lenguas de cultura.

¿Por qué entonces paralizó el proceso si era tan bueno? Desde 1741 la Real fue sensata; a partir de 1844 dejó de serlo. La explicación que da debe haberla redactado un bromista:

En 1843, una autotitulada «Academia Literaria y Científica de Profesores de Instrucción Primaria» de Madrid se había propuesto una reforma radical, con supresión de h, v y q, entre otras estridencias, y había empezado a aplicarla en las escuelas. El asunto era demasiado serio y de ahí la inmediata oficialización de la ortografía académica, que nunca antes se había estimado necesaria. Sin esa irrupción de espontáneos reformadores con responsabilidad pedagógica, es muy posible que la Corporación española hubiera dado un par de pasos más, que tenía anunciados y que la hubieran emparejado con la corriente americana, es decir, con las directrices de Bello.

Pocas veces he leído tantos disparates en solo dos párrafos. Lo llaman economía de medios.

Moraleja: si quieres cambiar las cosas no lo hagas y reza para que la Real lo haga por ti algún día, cuando avive el seso y despierte contemplando cuán presto se va el habla de la gente. No hagas nada y menos «estridencias», porque tú no sabes nada de esas cosas. Claro, la h no es estridente porque es muda. Estridente es eliminarla y el castigo es no menos de siglo y medio de parálisis y la consiguiente tortura ortográfica, desde 1844 hasta 1999 y lo que falta.

No sé cómo los académicos de hoy saben las intenciones de los de entonces en cuanto a emparejar las reformas con la corriente americana. ¿Dejarían para la posteridad algún acta secreta donde se consignaba esa intención? El «dato duro» es que no las emparejaron, lo demás es especulación huera y wishful thinking. Tampoco comprendo la razón de negarse a una reforma en 1999 solo porque unos «espontáneos» se adelantaron a hacer en 1843 el trabajo que debió haber emprendido la Real de entonces. Cierta gente me hace sospechar que la lingüística embrutece. Ya estaría convencido de ello si no fuera por monumentos de inteligencia como Noam Chomsky y Andrés Bello. En cuanto a eso de estridencia, dejo la palabra a don Andrés:

Decláranse algunos contra las reformas tan obviamente sugeridas por la naturaleza y fin de esta arte, alegando que parecen feas, que ofenden a la vista, que chocan. ¡Como si una misma letra pudiera parecer hermosa en ciertas combinaciones, y disforme en otras! Todas esas expresiones, si algún sentido tienen, sólo significan que la práctica que se trata de reprobar con ellas es nueva. ¿Y qué importa que sea nuevo lo que es útil y conveniente? ¿Por qué hemos de condenar a que permanezca en su ser actual lo que admite mejoras? Si por nuevo se hubiera rechazado siempre lo útil, ¿en qué estado
se hallaría hay la escritura?

Por otra parte, decir «lenguas de cultura» es una petición de principio escandalosa porque nos obliga a admitir que hay lenguas de incultura. La Real debió añadir un cuarto apéndice a los tres que pone en su nueva Ortografía, con una lista de las «lenguas de incultura» para procurar su extinción. Pero burlita aparte, separar las lenguas según esos criterios politically incorrect revela la vocación reaccionaria de la regia corporación, que implica y explica por qué mantiene congelada toda reforma ortográfica. El argumento de que se mantienen las normas en beneficio de la unidad de la lengua no tiene ningún peso. No sé qué tiene que ver una cosa con la otra. ¿En qué puede perjudicar esa unidad una reforma ortográfica?

Alguien dijo bobamente: «Se puede estar en favor o en contra de la Academia, pero no sin la Academia». Bobamente porque no es cierto que se necesite una autoridad central y vertical y por tanto autoritaria. La mayor parte de las lenguas, muchas de las que la Real tal vez llamaría «de cultura», no tienen una autoridad central. No he visto que la lengua inglesa se haya anarquizado por no tener una autoridad vertical que decida cómo decir y especialmente cómo escribir. Y sobre todo que cree más problemas que los que resuelve.

Cuando supe que la nueva Ortografía se iba a presentar en América antes que en España, imaginé que vendrían cambios importantes, que la Real se había «emparejado con la corriente americana», entre otras cosas. Ingenuo de mí.
Eso me pasa por creer todo lo que me dicen. La Real practicó esta vez lo que propongo llamar «populismo lingüístico»: una deferencia formal a los americanos, pero en el fondo todo sigue igual y no atiende la mayoría de las veces sino a cuestiones peninsulares, como en el caso de los topónimos que aparecen en el segundo apéndice: se señalan allí solo los de la Península. ¿Era mucho trabajo preguntar a las academias correspondientes por los topónimos de cada país hispanohablante? Sí, a juzgar por lo poco que rinden estas academias americanas.

Dos ejemplos: la ll suena lateral, dice la Real, aunque «algunos» la pronuncian de otro modo; son los yeístas, o sea casi todos los americanos y peninsulares. Lo mismo con la z, que según la Real se pronuncia como en Madrid; lo demás es «seseo», o sea, peculiaridad, desviación meramente tolerada. Pues bien, respetada Real: yeístas y seseístas somos la inmensa mayoría de los hispanohablantes, incluyendo a muchos peninsulares y a muchos académicos de la lengua. No sé si me explico. No soy ningún genio y soy capaz de entender eso, por lo que supongo que no debe ser muy difícil. Los
que hacen la diferencia entre z y s y distinguen entre ll e y son una minoría bastante pequeña. ¿No era hora de declarar que el seseo y el yeísmo son tan normales como lo otro? Así nadie queda discriminado, cosa tan descortés. En cuanto a z y s no se puede argumentar que diferenciarlas es más antiguo que no hacerlo, pues al principio había cuatro sonidos, que simultáneamente muchos peninsulares simplificaron en dos y todos los demás redujimos a uno solo y por eso pronunciamos igual z y s.

Cuando leí cuál era para la Real la pronunciación «normal» de ll y z, me sentí ninguneado, apartado, zurdo, chicano, menor de edad, marginal. Para la Real seguimos siendo indianos, gente rara, andaluza, canaria, ¿bárbara? Andrés Bello está bien pero siempre que no le hagamos caso. Total no es más que un indiano muy aprovechado. Hasta citan profusamente el trabajo de Bello que vengo mencionando, pero omitiendo minuciosamente las palabras que evoco aquí y aun otras en donde el caraqueño critica precisamente el estancamiento. Mejor que este flaco artículo son las poderosas palabras de Bello, que te invito a leer sin el filtro que les pone la Real. Si este texto mío tiene algún mérito, será el inducir a esa lectura.

Hubiera sido preferible que el señor director de la Real no viniera demagógicamente a presentarnos el librillo en América y en lugar de ello no nos hubiera declarado gente anómala en materia de pronunciación y espero que en esa sola materia. De todos modos habría que preguntarse si las academias americanas de la lengua no son más retrógradas que la Real.

Nos hemos resignado tanto a la inmovilidad que ya no concebimos que ciertas cosas puedan cambiar. Gabriel García Márquez es una excepción y ya vimos cómo casi lo linchan cuando propuso jubilar la ortografía. Juan Ramón Jiménez es percibido con cierta indulgencia condescendiente. Si la Real autorizó entre los siglos XVIII y XIX que escribiéramos filosofía en lugar de philosophía, hoy llama estridente suprimir la v, por ejemplo, letrica que no ha hecho sino causar confusión. Mucha gente cree que se pronuncia como en otras lenguas y algunos erróneamente la llaman labidental. B y v son
bilabiales. Hasta la Real lo sabe. La confusión proviene del empecinamiento académico en mantener en uso las dos letras. Para no hablar de las miles de veces que las confundimos al escribir. Ocurre ese error porque no hacemos la diferencia al pronunciarlas y cuando la hacemos tenemos que apoyarnos artificialmente en la ortografía, contra el sistema de pronunciación castellano.

Parecido ocurre con la g de garrapata y de guerra. Al insistir en que debe usarse qu- en lugar de q- a secas y gu- en lugar de g- sin aditamento de u, terminamos teniendo que escribir güe en el caso de vergüenza. Pocos recuerdan poner la diéresis (¨) sobre la u y se crea una nueva fuente de faltas de ortografía, es decir, de conflicto escolar y de estigmatización general. Sería interesante saber cuántos millardos al año cuesta enseñar y aprender esas estupideces, de paso con tan baja eficacia, pues generalmente
no la aprenden sino unos cuantos. Lo que la Academia llama «buena ortografía», estrictamente hablando, solo la tienen unos cientos de personas. Personalmente conozco a muy pocas, lingüistas incluidos. Desafío a los que defienden esa ortografía absurda a ver si nunca cometen errores.Basta un solo error para invalidarles el parapeto. Ese hecho debiera bastar. Borges dice que los falsos problemas conducen a falsas soluciones. Yo diríaque las falsas soluciones conducen a multiplicar más falsas soluciones, como esto de g-, gu- y la consiguiente güe que tan pocos recuerdan poner. Ni siquiera lo hacen los habitantes de la ciudad venezolana de Güigüe. Anda a ver cómo la escriben en los autobuses, sin diéresis: Guigue. Creo que nadie se ha equivocado de autobús a causa de esa omisión. Es como las mentiras: dices una y tienes que multiplicarla para encubrir una con otra. Miserias de mantener a la g representando el mismo sonido de la j. De nuevo Bello:

La j es el signo más natural del sonido con que empiezan las dicciones jarro, genio, giro, joya, justicia, como que esta letra no tiene otro valor en castellano; circunstancia que no puede alegarse en favor de la g o la x. ¿Por qué, pues, no hemos de pintar siempre este sonido con la j? Para los ignorantes, lo mismo es escribir genio que jenio. Los doctos solos extrañarán la novedad; pero será para aprobarla, si reflexionan lo que contribuye a simplificar el arte de leer, y a fijar la escritura. Ellos saben que los romanos escribieron genio, porque pronunciaban guenio; y confesarán que nosotros, habiendo variado el sonido, debiéramos haber variado también el signo que lo representa.

Todo esto es el resultado de naturalizar las letras. El lenguaje es la viva voz, la escritura es mera transcripción, como dijo Saussure. No es del todo cierto, pues la escritura tiene sus reglas propias, pero sí es cierto que el centro, la fuente y eje de la lengua es la viva voz. Pero ahí comienzan las complicaciones: cómo representar con garabatos eso que hablamos. Si el español no tuviera alfabeto podríamos partir de cero y dejarnos de
supersticiones etimológicas que no tienen nada que ver con el lenguaje que hablamos hoy. La escritura es una convención, no la esencia de las palabras.
La palabra retrógrado es un sonido, no la serie de diez letras y una tilde que hemos convenido usar para representarla. Pero la escritura se ha endiosado y por eso llamamos precisamente Escrituras los textos sagrados. Lo escrito tiene un carácter mágico y por eso Ángel Rosenblat nos legó dos textos magistrales que siempre debiéramos considerar para estas cosas: Sentido mágico de la palabra y El fetichismo de la letra. De allí que
movilizar la escritura sea tan difícil, sobre todo con guardias tan nerviosos. No duermen nunca. Por eso dicen que es preferible un malvado a un necio, porque el malvado descansa.

Una buena ortografía no es la que sigue los disparates de la Real, sino una que no provoque este tipo de confusiones. Por eso hablo de la mala ortografía de la Real. Hacer cundir la confusión fortalece el poder académico del modo más perverso, desde las primeras letras hasta la Real Academia Española. Respeto el poder académico cuando me es útil, cuando cambia la ortografía de philosophía por filosofía, que no me hace recurrir al diccionario para saber cómo se escribe. Pero no la respeto cuando se
burocratiza creando nuevas necesidades para justificar cargos, sueldos y congresos, en donde se crean nuevos problemas para crear más cargos, más sueldos y más congresos. Y contagiar su neurosis a la vida pública.

Ahora habrá que esperar tal vez 155 años más para que alguien se acuerde del proyecto de Bello. No sé si la persistencia de la computación hará el milagro de despertar a los académicos, sobre todo ahora que hicieron negocio con Bill Gates para regir el analizador gramatical y el corrector de pruebas de su procesador de palabras Word (El Nacional, 17/10/99). El dictado a la computadora sería mucho más fácil con una ortografía racional y no esta en que la pobre computadora no sabe si le están diciendo tasa o taza cuando alguien pronuncia tasa. El Nacional tituló la noticia excelentemente: «La ortografía del tercer milenio seguirá siendo la del siglo XIX» (16/9/99).

Humildad y paciencia, pues, y nada de andar haciendo innovaciones estridentes por tu cuenta, no sea que la coherencia y la racionalidad se atrasen otros 155 años.