Tengo un hermano mellizo que representa mi alter ego. En los últimos años nos hemos distanciado como nunca antes siguiendo cada uno su propio camino -uno mas culebreo que el otro-. Yo adoro a mi hermano y lo admiro muchísimo; tanto su inteligencia, creatividad como buen humor. Algunas veces pienso que yo vivo una vida que el desearía así como yo a veces deseo lo vida que el tiene. No es envidia, es una forma de reconocer a ese amigo de juegos infantil que estimulaba mi imaginación, que hacia mundos de plastilina extraordinarios y con quien practicábamos de igual a igual boxeo y otras artes marciales.
Solo cuando uno empieza a vivir las complicaciones de ser adulto entiende algunas actitudes de los integrantes de la familia. Lo digo porque a veces pienso que debió haber sido un desafío importante que dos jóvenes de 20 años hubieran tenido un par de niños traviesos mientras adelantaban sus estudios de medicina y lidiaban con sus propios conflictos individuales. Si me pongo en sus zapatos pienso que yo en su lugar hubiera sido un desastre. Hoy entiendo muchas de sus actitudes que quizás antes me chocaban mucho.
Por ejemplo, hay cierto tabú en las familias de hablar del tema de las preferencias, un poco por esa idea judeocristiana de que hay que amar a todas las personas por igual. Idea muy bonita pero difícil de poner en
Hoy pienso que esto de las preferencias afectivas no tiene por que ser un problema, es algo que sucede de forma natural y aunque los padres quieran evitarlo expresan sus preferencias de forma inconciente (al final es un problema de time management). Si bien en algún momento de la vida esto puede generar cierta tención por parte de los hermanos, también es cierto que hace de cada uno lo que es.
Esta reflexión psicoanalítica provino de ver este gracioso video:

