El verdadero amor es un pasajero que viaja de incógnito. Que lastima que nos demos cuenta de su presencia cuando ya se ha bajado del vagón.
Té verde
El verdadero amor es un pasajero que viaja de incógnito. Que lastima que nos demos cuenta de su presencia cuando ya se ha bajado del vagón.
Retazos de Europa
Si Bill Viola puede pues yo también. Este video surgió en una tarde de domingo donde intenté poner en orden una serie de videos de los últimos seis meses de estancia aquí en Europa. El resultado es un experimento donde se juega con el tiempo, los lugares y eventos minúsculos que al alterarlos intento volverse relevantes. Espero lo disfruten.
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A que te cojo ratón…
Después de un silencio prolongado durante la comida y esperando a que los invitados se fueran para buscar un poco de intimidad, las palabras salieron desbordadas como si el dique que las contenía se hubiera fracturado por la presión. Diez mil ideas se desparramaron a la vez en mi cabeza, mientras mi boca intentaba concadenarlas en un discurso que pareciera medianamente comprensible. En retrospectiva, el monologo de media hora se podía resumir en una sola pregunta ¿por qué no aceptamos que hay algo entre los dos que nos obliga a estar juntos?
No sé si valió la pena darle tantas largas a un asunto que con el tiempo empieza a volverse reiterativo. Hay algo entre los dos pero al parecer es tan indefinido que solo puede clasificarse como una amistad especial. A veces me arrepiento un poco de mostrarme tan vulnerable, sobre todo porque una sonrisa hubiera sido más que suficiente para expresarle lo que siento. Pero necesitaba liberarme de esa carga, no podía contener más esas palabras. La voz entre cortada y las lagrimas sellaron una abrazo de hasta pronto.
Esta misma escena se ha repetido unas cuantas veces, los diálogos de cada uno se han vuelto más complejos pero el argumento sigue siendo el mismo: ella lo busca, él la espera deseándola en los mundos posibles de su imaginación. Se encuentran. En medio de la conversación se entregan a sus ambiciones. Él se deja llevar por la ilusión de poseerla. Por su lado ella, sigue un juego en el que lleva ventaja, pues no está dispuesta a abandonar lo que ha conquistado con su libertad.
Perfectamente podría ser esta una escena vamipersca en donde el monstruo prolonga su mordida final para no quitarle la belleza de cada encuentro con su victima. En el momento en que el vampiro decide morder, la magia termina porque lo que motiva el encuentro es esa naturaleza distinta que atrae al ser inerte con la perfección viviente, la luz en la obscuridad; esa ley de las simetrías con formas disímiles pero compatibles. Entonces el final del hechizo que captura a la victima y al victimario queda postergado para la siguiente escena.
Es un juego que no cambia y en el cual cada unos es bueno asumiendo el papel que le corresponde. Ninguno quiere soltar los extremos del lazo que los une. Pero mientras él intenta tejer las fibras para construir un vinculo mas firme, ella destuerce los hilos para hacer el lazo mas flexible. Él busca marcar una línea cada vez mas cerca a ella, mientras ella prefiere ampliar o reducir la distancia a su antojo. En este momento de ir y venir, ninguno de los dos se atreve a hacer un movimiento en falso que pueda poner en riesgo el juego.
He sabido de historias similares a esta que nunca se acaban, que quedan suspendidas en un círculo interminable. Me pregunto si este será una de esas historias sin fin o por el contrario algún día nos daremos el gusto de llevarla a su desenlace. Siguiendo la tradición aristotélica solo estamos ante dos tipos de finales. Una opción es que el lazo se rompa por desgaste. La segunda conclusión es el final hollywoodense, el que todos repudiamos pero que todos queremos: el lazo demuestra que realmente es capa de resistir, convirtiéndose en una guía; en un camino que marca la ida y el regreso entre el amor y el deseo.
No sé si valió la pena darle tantas largas a un asunto que con el tiempo empieza a volverse reiterativo. Hay algo entre los dos pero al parecer es tan indefinido que solo puede clasificarse como una amistad especial. A veces me arrepiento un poco de mostrarme tan vulnerable, sobre todo porque una sonrisa hubiera sido más que suficiente para expresarle lo que siento. Pero necesitaba liberarme de esa carga, no podía contener más esas palabras. La voz entre cortada y las lagrimas sellaron una abrazo de hasta pronto.
Esta misma escena se ha repetido unas cuantas veces, los diálogos de cada uno se han vuelto más complejos pero el argumento sigue siendo el mismo: ella lo busca, él la espera deseándola en los mundos posibles de su imaginación. Se encuentran. En medio de la conversación se entregan a sus ambiciones. Él se deja llevar por la ilusión de poseerla. Por su lado ella, sigue un juego en el que lleva ventaja, pues no está dispuesta a abandonar lo que ha conquistado con su libertad.
Perfectamente podría ser esta una escena vamipersca en donde el monstruo prolonga su mordida final para no quitarle la belleza de cada encuentro con su victima. En el momento en que el vampiro decide morder, la magia termina porque lo que motiva el encuentro es esa naturaleza distinta que atrae al ser inerte con la perfección viviente, la luz en la obscuridad; esa ley de las simetrías con formas disímiles pero compatibles. Entonces el final del hechizo que captura a la victima y al victimario queda postergado para la siguiente escena.
Es un juego que no cambia y en el cual cada unos es bueno asumiendo el papel que le corresponde. Ninguno quiere soltar los extremos del lazo que los une. Pero mientras él intenta tejer las fibras para construir un vinculo mas firme, ella destuerce los hilos para hacer el lazo mas flexible. Él busca marcar una línea cada vez mas cerca a ella, mientras ella prefiere ampliar o reducir la distancia a su antojo. En este momento de ir y venir, ninguno de los dos se atreve a hacer un movimiento en falso que pueda poner en riesgo el juego.
He sabido de historias similares a esta que nunca se acaban, que quedan suspendidas en un círculo interminable. Me pregunto si este será una de esas historias sin fin o por el contrario algún día nos daremos el gusto de llevarla a su desenlace. Siguiendo la tradición aristotélica solo estamos ante dos tipos de finales. Una opción es que el lazo se rompa por desgaste. La segunda conclusión es el final hollywoodense, el que todos repudiamos pero que todos queremos: el lazo demuestra que realmente es capa de resistir, convirtiéndose en una guía; en un camino que marca la ida y el regreso entre el amor y el deseo.
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